Rodrigo Caballero
Rodrigo Caballero

Libertad o Muerte

El lema de los Treinta y Tres es contundente y no deja dudas. Ya en 1825 la prioridad de los orientales era una sola: la Libertad.

Dos siglos más tarde, su contenido se ve cuestionado por la pandemia del Covid-19. El ejemplo de cómo otros países lograron controlar la crisis sanitaria con métodos autoritarios, ejerciendo enorme control sobre la población y ampliando la vigilancia a través de recursos digitales de manera masiva, viene empujando a muchos a creer que es ese el mejor camino hacia el día después.

El Dr. Tabaré Vázquez manifestó a la prensa su postura en ese sentido: “inevitablemente tenemos que ir a una cuarentena total”, aseguró, reafirmando su conocida concepción vertical del poder. Vázquez, y casi toda la izquierda, claman por la aplicación de una medida que suprima el poder fundamental que las naciones democráticas confieren a los ciudadanos: decidir. Entienden que los gobernantes son los tutores de los ciudadanos. Todo lo contrario a lo que viene haciendo el gobierno actuante desde el 13 de marzo y que lo ha llevado a liderar el ranking latinoamericano de aprobación en el manejo de la pandemia.

Los uruguayos hemos sido exhortados a quedarnos en casa y solo salir para cumplir tareas de primera necesidad, como hacer compras básicas o ir a trabajar. Hasta hoy nadie ha enviado drones a sobrevolar los barrios ni policías a castigar transeúntes con varas de mimbre, como hemos visto que ocurre en otros países.

Más de un mes ha transcurrido desde aquel viernes de película de terror. Largos días sin clases, sin fútbol, sin amigos y cargados de incertidumbre. Desde entonces, la permanencia en los hogares responde a la conciencia de cada ciudadano. Aún así, la pandemia se mantiene bajo control. La curva de contagios no se disparó y el sistema de salud está lejos de colapsar.

En medio de una crisis mundial, con países de primera línea tomando medidas dramáticas, los uruguayos seguimos habitando un país donde nadie está siendo obligado, controlado y mucho menos segregado.

La nuestra sigue siendo una nación de gente libre, apenas contenida por las restricciones que el instinto de supervivencia, la razón y el sentido común indican adherir.

El miedo puede ser un mal consejero. Movidos por dicho sentimiento, hay quienes están dispuestos a resignar privacidad y libertad a cambio de seguridad. Y esa concesión es pasto para las fieras. Hay que tener claro que el virus va a acabar perdiendo fuerza y dejará de ser una amenaza. Cuando eso ocurra, ya sin el miedo pesando en las decisiones, nadie va a querer ser un personaje del Gran Hermano, controlado a través de un sofisticado sistema de medios digitales operado por burócratas de escritorio, bajo las órdenes del gobierno de turno.

Hoy, con la ñata contra el vidrio de la cuarentena y los ejemplos de Italia, España y Estados Unidos, negociar libertades puede ser percibido como un mal menor. Pero no hay que olvidar el lema bordado en la bandera azul, blanca y punzó de los que iban con Lavalleja.

Y eso parece ser lo que está defendiendo el gobierno actuante: la libertad de los ciudadanos. Algo que mucho vamos a lamentar después, si la empeñamos ahora.

Un moderno Guevara podría decir: más vale morir de tos que vivir monitoreado.

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