Rodrigo Caballero
Rodrigo Caballero

El fin de la infancia

Desde que el COVID-19 llegó a Uruguay, los hospitales están más vacíos que nunca. Quizá esto se deba a que mucha gente, por temor al contagio, deja de asistir a consultas médicas programadas y pone en riesgo su salud por el paradójico deseo de querer resguardarla.

Pero sobre todo responde a que no hay tantos casos graves de coronavirus como se esperaba. Las plazas de CTI no se han visto saturadas ni por asomo y el índice de mortalidad de la enfermedad parece ser mucho más bajo de lo que en un comienzo se supuso. Se confirmaron 500 y pico de casos y se constató una docena de muertes a causa de la enfermedad. El 100% de los fallecidos eran ancianos o personas con enfermedades preexistentes como diabetes, epoc o insuficiencias de diversa índole.

La estadística mundial no deja lugar a la duda: los jóvenes y los niños, sobre todo estos últimos, están a salvo del virus. No así de una consecuencia directa de este y quizás más nefasta que los síntomas de fiebre, tos y ahogo. Las decisiones de los adultos.

Si bien son los ancianos a quienes el COVID-19 ataca con mayor severidad, son los niños los grandes perjudicados por esta pandemia. A pesar de la virtual inmunidad que los protege del virus, hace más de un mes que no se les permite ir a la escuela, ver a sus amigos, andar en bici, jugar al fútbol o a la escondida. Ya van cuarenta y tantos días sin algún tipo de actividad que no sean las que se realizan en una pantalla. No se abrazan con un compañero para festejar un gol ni intercambian palabrotas recién aprendidas por causa de una figurita difícil o un óbol mal cobrado. Como si fuera poco, llevan largas jornadas de convivencia forzada con adultos en espacios reducidos, rebosantes de un tiempo libre que para nada les sirve.

El riesgo de contraer coronavirus para los niños es muy bajo. También la carga viral, en los aislados casos de contagio en menores, es ínfima. Por lo tanto se da en mucho mayor medida de adultos a niños que a la inversa. Aún así, las decisiones tomadas por los mayores han derivado en lo que probablemente sea el peor momento de sus vidas. Se les está negando el derecho a la educación y en algunos casos hasta se los está encerrando en sus casas con padres, tíos o hermanos abusivos, con patologías acentuadas por la frustración del encierro, la falta de trabajo y la miseria.

¿Es tan peligroso el coronavirus para justificar lo que se está haciendo con los niños?

El gobierno nacional decidió que comiencen las clases en las escuelas rurales. Y esa es una de las mejores noticias que se han difundido desde el 13 de marzo nefasto. La mejor de todas, a juicio de este columnista. Si bien hay docentes que argumentan en contra de esta medida, como la maestra rural que le dirigió una nota al presidente Lacalle Pou, también hay otros, ojalá los más, que tienen un pensamiento diametralmente opuesto. Y están dispuestos a hacerle frente al riesgo, si es que existe, de exponerse al virus y a otro que puede ser percibido como mayor para algunas formas de pensar: apoyar una decisión del gobierno.

Si usted, señor maestro, se siente en peligro yendo a cumplir con esa tarea tan noble, ¡déjele el lugar a otro! Permítale a un colega que priorice la salud mental y física de los niños al bienestar propio; hacer el trabajo y enorgullecer al resto de la sociedad insuflando ánimo y esperanza a todos los que la miramos por tevé.

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