Rodrigo Caballero
Rodrigo Caballero

De culpables e inocentes

Si hay algo en lo que la Humanidad ha demostrado eficiencia, ha sido la creación de culpables. Más aún si esos culpables eran inocentes.

Personajes a los cuales se les adjudicó la responsabilidad de un hecho reprobable y se los reprimió de la manera más cruel posible. Y no para que el castigo resulte ejemplarizante para otros. Sino para descargar en su culpa, las culpas propias.

Alguien peor que uno a quien achacarle la maldad y, en el mismo acto, demostrarse a uno mismo y al resto de la sociedad, lo buenos que somos.

Cuanto más malo es el culpable creado, más buenos somos quienes lo incendiamos con una tea o con el teclado de una PC.

La matemática es una ciencia exacta. Tanto como debería serlo la Justicia.

Jesús, el que murió en el madero para librarnos de nuestros pecados, es el ejemplo más célebre de la Historia. Pero no el único. También se comieron el garrón las Brujas de Salem y tantos otros desgraciados, víctimas de los comedidos de siempre. Esos a los que les gusta hacer buena letra y dormir con una almohada sordomuda. O quizá no duermen y la privación de un buen sueño reparador sea responsable de ese espíritu tan explosivo.

Es moneda corriente en los tiempos que corren ver como, a través de las redes sociales, almas sensibles exigen a la justicia divina, al karma o a cualquier otra entidad capacitada para esta clase de menesteres, que actúe sin misericordia y envíe enfermedades atroces o sufrimiento eterno para aquellos sujetos que dejaron abandonado un cachorrito de golden retriever en una plazoleta o no ayudaron a una tortuga marina varada en la arena a regresar al mar o prepararon un asado con el costillar de un jabalí que ellos mismos abatieron en una cacería.

Generalmente son justicieros que se manifiestan en patota y así dan vida al animal más peligroso de la creación: la turba enfurecida.

Se trata de una bestia de mil cabezas, con la capacidad de raciocinio anulada por completo y la de destrucción potenciada hasta límites impredecibles, cuyo principal enemigo natural es la máxima “toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario”.

La inmediatez, dueña y señora de la época actual, hace que la sociedad sea incapaz de esperar. Paciencia, tolerancia y respeto a los tiempos naturales de los procesos sociales, pertenecen al pasado. “No se lo que quiero, pero lo quiero ya”, cantaba Luca tres décadas atrás y sus palabras volaron a través de los años para definir un mundo que el pelado anglo-porteño jamás vio pero anticipó.

Creen querer Justicia. Pero por quererla ya, generan lo contrario. Creen solucionar los problemas. Pero lo único que logran es crear otros peores.

No tener al culpable es mucho mejor que tener uno que no lo es. Porque más vale un delincuente suelto que un inocente preso.

Hay quien dice que el problema es de la autoridad, que no actúa. Y que por eso la sociedad se harta y reacciona. Pero es un argumento de la misma calaña que el que responsabiliza por el abuso sexual a la heroica minifalda.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)