HEBERT GATTO
Hace pocos días se conmemoraron los cien años del nacimiento de Rodney Arismendi, con homenajes en distintos ámbitos, incluyendo el Parlamento nacional. Se honró así a un político que representando al Partido Comunista del Uruguay como su Secretario General, fue diputado y senador en varias oportunidades, distinguiéndose, como señalaron distintos legisladores, por su probidad.
No obstante, sospecho que su significación histórica excede este cauto enfoque. Es común que el juicio póstumo sobre una figura política que trascendió transite por dos vías. Una, la menos comprometida, ahonda en su carácter como persona, fundamentalmente en su fidelidad a valores e ideales. Rescata su coherencia sostenida a un proyecto, en especial cuando este encierra interés público, enfatizando su capacidad para defenderlo en todas las circunstancias, aún las más desfavorables. Con ello destaca un modo de ser que Aristóteles sintetiza mediante el atributo de la prudencia. Fue con su auxilio que en estos días se desarrollaron la mayoría de los juicios sobre Arismendi, centrados en su temple y equilibrio.
Otra forma de juzgamiento, menos usual, pero más completa, es la que estima a un dirigente por la naturaleza de la ideología que promueve, más allá de la determinación en su consecución. Este plano de valoración, centrado en su proyecto político es el que corresponde cuando se evalúa a un estadista. Muy en especial cuando, como es el caso de los políticos marxistas, sus decisiones son resultado de una trabajada cosmovisión política de amplia resonancia.
Juzgar moralmente a un político solamente a través de su carácter significa adelgazar su ideario. Si sólo la prudencia o similares virtudes fueran lo relevante, varios de los mayores monstruos de la historia, Hitler o Stalin entre ellos, deberían ser considerados virtuosos, en tanto fieles a sus designios hasta el último aliento. O Cristo descalificado por perder el temple con los mercaderes.
Arismendi y tras su huella el Partido Comunista uruguayo propusieron un mundo ajeno a la democracia, regido por una concepción leninista, primero en su versión estalinista, luego en la establecida por el Kremlin. Sin ninguna excepción, ni siquiera una, la filial oriental se apartó de las resoluciones adoptadas por la URSS desde 1917 hasta 1989. Incluyendo la provocada hambruna de Ucrania (tres millones de muertes), el pacto nazi soviético o la represión en Hungría, Checoslovaquia y Polonia.
Arismendi fue tan incondicional a la revolución que se inició como publicista en 1938 con un folleto que tituló "La Justicia Soviética defiende al mundo", una apología de las purgas estalinistas epilogadas con setecientas mil víctimas. De allí en más, sus trabajos teóricos fueron loas a la URSS, que, junto al nazismo, fue el fenómeno totalitario de más nefastas consecuencias en la historia de la humanidad.
Fue incondicional pero también pragmático. Con un eclecticismo que le permitió, atenuar los excesos del radicalismo criollo en ocasiones, o apostar al "progresismo militar" en otras. Pero no fue un innovador. Incluso la unidad de la izquierda, el aporte que más se le atribuye, fue obra del "frentismo" del VII Congreso de la Internacional en 1935. Su pecado mayor no fincó en su falta de virtudes; radicó en promover, de la cuna a la tumba, sin jamás desfallecer, un modelo político ferozmente totalitario. Ocultarlo post mortem no le hace justicia.