Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Vestida de seda...

El Antiguo Testamento contaba las peripecias de Job.

Era un devoto intransigente de Dios. El diablo le decía a Dios que era así porque este le había dado todo en la vida. Y Dios autorizó a su rival a que para probar lo contrario descargara sobre su servidor las mayores desgracias. Así lo hizo. Job se fundió. La mujer lo dejó, murieron algunos de sus hijos y ante cada desgracia Job decía: “Dios me lo dio, dios me lo quitó, alabado sea el Señor”. Pese a las desgracias citadas y agotada la embestida diabólica, Job reavivó su fe en el Creador, quien le restituyó con creces lo perdido.

Algo de esto pasa en nuestra República. Desde su emancipación colonial con desencuentros y luchas, supo moldear en la hora moderna una realidad envidiada a nivel continental. En lo cultural, lo político, lo económico y lo social. Y, en sus horas mejores siempre hubo minorías que querían destruirla para edificar un paraíso socialista, admirando totalitarismos tan brutales e inhumanos co-mo ineficientes.

A partir de 1960 en adelante fieles a Moscú y La Habana, multiplicaron la lucha de clases y hasta desarrollaron un terrorismo execrable y sangriento que nos condujo a una ruptura del orden institucional tradicional. Y, reestablecida la democracia desde 1985 en adelante, esas organizaciones han sido gobierno de Montevideo, entre otros departamentos, y del país. Montevideo es un laberinto con desvíos y obras en proceso que no se hicieron en años de gestión -con la salvedad del patético Corredor Garzón-, y en el país así estamos en orden público, empleo, educación, vivienda y asistencia sanitaria a los más carenciados. El pueblo lo ve. Es tiempo de volver a los nobles valores de la vieja República.

La sensación térmica popular así lo parece indicar, aunque para levantar la moral de los alicaídos frentistas aparecen encuestas que -alquimia mediante- les levantan el ánimo (Radar y Factum particularmente). Errar es humano y perdonar es divino. Ante el entrevero de los agoreros y los periodistas que les toman como voz de Delfos, es inevitable atender con calma a la respuesta inapelable de las urnas del 27 de octubre próximo con la elección nacional.

En la vida rige la máxima que reza que la única verdad es la realidad. Es un principio que incluso recoge el Derecho en materia laboral o tributaria por caso. Ante las formas y las apariencias se impone la verdad de los hechos. Si se esconden bienes con ventas ficticias para evadir obligaciones jurídicas, por ejemplo, la operación celebrada, probada su falsedad cae. Siendo real la delincuencia que se conoce, o el paro total de actividad económica y la desocupación rampante. O la electricidad y los combustibles más caros del continente ¿qué explicación tiene razonablemente que los responsables del desaguisado que se padece crezcan realmente en adhesión popular?

Y, hay otra realidad inocultable. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. El primer candidato al Senado del socialismo -al que pertenece el candidato presidencial Daniel Martínez- el Ec. Daniel Oles-ker es un apóstol de la suba de impuestos a la propiedad privada y la renta empresarial. Le acompañan el Pit-Cnt, que es como decir tupamaros, comunistas y otros istas. Suman el 70% del Frente Amplio. La conclusión es clara: ¿qué valor tienen los dichos del candidato Daniel Martínez que se desvive por mostrar moderación y razonabilidad, cuando quienes conforman su base política son inclaudicables adoradores de Caracas? 

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