Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Savia nueva

Cuando el Papa Juan Pablo II nos visitase años ha, en misa campal en Tres Cruces de Montevideo, dijo que cada generación nace sabiendo la realidad del tiempo en que le tocará vivir.

La vida enseña es así. Hoy es tiempo de renovación generacional.

Las inquietudes electorales frentistas arraigan en una pesada herencia a levantar. Se regodean con la ilusión finlandesa. Un acto de entrega de la soberanía nacional, la territorial incluida, asentado en un endeudamiento financiero fenomenal del pueblo uruguayo. Tal ilusión no justifica, números mediante, el sueño de empleos y riquezas futuras a esperar. Quiere tapar el rostro a 20 años de administración de la república sin una sola obra de infraestructura relevante a mencionar (Ancap, Pluna, Alur, regasificadora, tren de los pueblos libres, etc. mejor olvidar). Todo. Incluido este proyecto, tiene que ser revisado por un gobierno distinto. Ajustado a derecho y al interés nacional.

Hasta el ministro Astori, reconociendo el fracaso, dijo han incurrido incluso en corrupción durante la gestión gubernamental. El oficialismo y su futura presencia electoral -caídos los “moderados”- se sabe queda exclusivamente en manos de comunistas de la vieja Unión Soviética y tupamaros y socialistas, amanuenses todos, de los Castro y los Maduro ¿Puede cambiar la entente y hacer en un nuevo gobierno lo que no hizo en 15 años con mayorías parlamentarias? ¿Puede dudarse que su candidato presidencial futuro será un títere de la masa crítica de agitadores disolventes amparados dentro de una tanqueta “ideológica” impenetrable?

La oposición sabe que para ganar las elecciones nacionales definitivas y para desarrollar un gobierno viable es ineludible llegar a acuerdos compartidos en todos los temas vitales a la reconstrucción del país. Hay políticos de fuste veteranos en el ruedo, Sanguinetti y Larrañaga son expresión de ello y hay savia nueva como las propuestas que encabezan Lacalle y Talvi. Todos son necesarios.

Con las proyecciones de opinión que hoy se perciben como mayoritarias , Luis Lacalle aparece liderando un caudal mayor a otros contendientes opositores. Aludiendo a su programa de gobierno elaborado por 400 técnicos especializados en materias diversas, en casi dos años de trabajo, se ve a un candidato consistente y una propuesta posible para la esperanza. Luis Lacalle ha hecho vocacionalmente trayectoria a base de esfuerzo y entrega popular. Y doctorado como abogado -mérito del que no hace caudal- tiene a mano opciones de vida fructíferas y cómodas para sí y su familia. Pero, con respaldo de los suyos, decidió disciplinadamente una acción cívica sacrificada y ancha que trasciende a los límites del Partido Nacional, columna popular de sus experiencias primeras de vida.

Con antecedentes como diputado y senador, sabe de los entretelones que requiere gobernar republicanamente buscando acuerdos y condiciones que le permitan ser artífice de un gobierno de concordancia nacional. De allí, que solo se le descalifique con apreciaciones adjetivas que quieren ser agravios emanados de quienes no tienen ni autoridad ni jerarquía para debatir. Alzadas las cintas es tiempo de tomar posiciones. Hasta los periodistas más “imparciales” y las vestales del templo muestran la hilacha. Como decía el inolvidable Jorge Batlle todos empiezan a “cantar la justa”. Una -nuestra justa- es la que se viene de citar.

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