Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Pichinchas peligrosas

Los taximetristas porteños -de Buenos Aires- son conversadores. El año pasado intercambiando comentarios sobre la situación argentina el conductor, me dijo: “Mire yo soy peronista. En política no me meto”.

Como si el peronismo fuese una suerte de fenómeno astral alejado de los asuntos del diario vivir.

En la primera juventud, vinculado al herrerismo en el Partido Nacional, estaba en un reducido espacio de uruguayos que mirábamos al menos amablemente, a un movimiento popular que no contaba con simpatías en nuestro país. En la conocida casa de Eduardo Víctor Haedo -“La Azotea”- en Punta del Este, frecuentamos reuniones al mediodía en las que abundaban personas destacadas en distintos ámbitos rioplatenses. Entre ellos, en el político, evoco a los argentinos Arturo Jauretche -autor del “Manual de zonceras argentinas”- José “Pepe” Rosas, revisionista histórico reivindicador de la causa rioplatense cuando la Guerra Grande, a García Mellid, otro autor de raíces afines, y existía allí calor espiritual por el “nacionalismo popular latinoamericano”. Una solución difusa, quizás delineada con literatura amena, en “La hora de los pueblos”, de Juan Domingo Perón. Al haber visto pasar mucha agua bajo el puente, lo más simple como comentario sería concluir que históricamente el peronismo es un jardín de mil flores. Todas las actitudes políticas encuentran en él su espacio. Las condiciones caudillescas del general Perón fueron notables. Como la liturgia popular construida en torno a su figura y la de su esposa “Evita” (Eva Duarte). Hay una tendencia entre nosotros a creer que si líderes de dimensiones gravitantes siguiesen viviendo continuarían pensando como lo hacían en sus pasadas carreras. Y, seguramente, en la mayoría de los casos habrían modificado criterios, ya que ajustarse a las transformaciones de la realidad es lo que les dio vigencia.

Le escuché comentar al caudillo en una entrevista -retornado del exilio en 1973- que en 1946, al ser electo Presidente de la República, no se podía ni caminar por las bóvedas del Banco Nación porque estaban llenas de oro. Y era así. Como lo eran las reservas de divisas atesoradas por Argentina. Tras concesiones sociales desmedidas que le dieron afecto popular, al avanzar su gestión hacia 1955, el vecino país pasó a quedar sin reservas y comenzó a endeudarse internacionalmente (Historia de la crisis argentina; Mauricio Rojas, 2004, ed. Cadal). Ya próximo a su muerte, repetía con el fundamento de la experiencia; “hay que cuidar al capital, porque es lo más miedoso que hay. Se asusta y se va”. Actualmente, ignorada está máxima por el peronismo contemporáneo hay 300 mil millones de dólares de argentinos fugados al exterior y han perdido incluso, su crédito financiero internacional. Ha sido ganada por el proteccionismo, el control de cambios, la lesión de la propiedad privada, los impuestos confiscatorios, el ataque a la producción agropecuaria y otras circunstancias con proyección social.

Mientras nosotros, por razones sanitarias cerramos fronteras, el gobierno argentino invita a ciudadanos de países vecinos, a que vayan a Argentina por vía aérea o marítima, a realizar compras. La moneda argentina no vale y los visitantes podrán adquirir “pichinchas”. También algún coronavirus, materia que allende el Plata es de extensión grave. Quienes concurran merecen -por ello- un muy riguroso control al volver.

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