Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Patria profunda

El pasado 10 de setiembre con motivo de cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de Aparicio Saravia se desarrolló en Masoller un acto que ha sido la movilización popular más importante de los últimos tiempos.

Se hizo presente la dirigencia del Partido Nacional y al frente del encuentro se encontraban Luis Lacalle Pou y Beatriz Argimón quienes han asumido, encomendados por la soberanía partidaria, la máxima responsabilidad de la corporación, en su carácter de candidatos a presidente y vicepresidente de la República, respectivamente, de cara a las elecciones nacionales del último domingo de octubre próximo.

Por estos días el Partido Colorado viene abogando por el respeto de figuras como la de José Batlle y Ordóñez, emblema incomparable de esa colectividad cívica, al que algún oportunista quiere adosar al Frente Amplio, de mayorías ajenas a las tradiciones primeras de la nación. No hay duda que su uso proselitista en filas adversarias, por el carácter simbólico que implica, es éticamente censurable y lo debería de ser en términos de legalidad electoral.

Es cosa frecuente por estos días que haya movimientos que gustan vestirse con prendas ajenas, invocando la memoria de figuras relevantes del devenir histórico nacional, que integran el santoral de las fuerzas republicanas tradicionales. Especialmente cuando dichas colectividades fundacionales tienen sus cartas orgánicas, sus estructuras vivas y sus autoridades con personería plena para ejercer la representación de la historia que les mantiene activas.

En Masoller, al norte del país, las fuerzas revolucionarias comandadas por Saravia iban a cerrar dramáticamente en los hechos un alzamiento contra el gobierno nacional presidido por -justamente- José Batlle y Ordóñez. Causa gravitante de la sublevación había sido lo que se entendía era una violación por el gobierno de Batlle, de acuerdos precedentes entre las facciones en pugna, por las que se había reconocido a los blancos la titularidad de Jefaturas Políticas en el interior del país. En ese paraje el Águila Blanca -como se solía referir al caudillo nacionalista- al encabezar una carga de caballería, fue alcanzado por un disparo de las fuerzas militares gubernamentales, lo que le ocasionaría su posterior deceso, el 10 de septiembre de 1904. Y, acarrearía la derrota militar de la causa que impulsaba. No obstante, la fuerza de su empeño sobrevivió y es correcto afirmar estuvo presente en la aprobación de la Constitución nacional de 1918, que abrió el camino a la coparticipación de los partidos políticos en el gobierno, así como a la consagración de sufragio universal, ya que el voto previsto en la Constitución de 1830 hasta entonces vigente, excluía a los sectores más carenciados de la población de los derechos electorales. Biógrafos y la tradición oral coinciden en afirmar que Saravia era consciente respecto a que el telégrafo, el tren y el ejército profesional organizado y armado adecuadamente, hacían de difícil resultado los alzamientos contra el poder establecido.

El ejemplo del caudillo que se jugó todo -familia, patrimonio y vida- por ideales superiores de libertad republicana y honestidad en el manejo de los asuntos públicos, está vivo en un movimiento político que hoy -al tiempo que besa su memoria en Masoller- se apresta a levantar la adhesión popular en todo el país, izando pabellones de esperanza para un pueblo agobiado de gabelas.

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