Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Macana

El presidente de la República rodeado de un regimiento policial gigantesco, concurrió a La Macana en Florida a participar del montaje teatral de una reunión de su Consejo de Ministros.

Pueblo rural de gente noble y de trabajo normalmente ajena a las clarinadas disolventes del sindicalismo profesional y militante. Cuyos dirigentes son parte de la nueva oligarquía, que por montones bajo el imperio de "la izquierda", han sabido ocupar ministerios, subsecretarías, cargos de confianza de todo pelo y señal, y hasta han arriesgado iniciativas en negocios no necesariamente exitosos como el Godzilla de la vivienda sindical, que anda dando vueltas en la Justicia penal, en la república de los fiscales y jueces buenazos.

La leyenda oral del arroyo y el pueblo La Macana reza que el nombre proviene de la peripecia de un gaucho de a caballo, que al cruzar las aguas citadas perdió su rebenque —"la macana" en lenguaje criollo— y que del hecho nació la curiosa denominación viva en aquel lugar. Vaya una décima de afecto: "Hasta el pueblo La Macana / llegó Vázquez con su corte./ Esta gente perdió el norte/ gritó un paisano con ganas./ Pegan más saltos que ranas/ dijo otro de a caballo/ parece están asustados/ metidos entre los milicos,/ dijo Fierro yo lo explico/ temen a lo autoconvocado".

Tiene razón Fierro, ya que, a poca distancia del estrado del nuevo régimen, algunos miles de criollos que han alzado al cielo las banderas patrias, amparo de reivindicación de una campaña que no puede más, llevaron adelante un cabildo abierto, expresión inapelable del reclamo de la producción primera del país, castigada por una política económica nefasta, de la que solo caben esperar realidades peores en el futuro inmediato. Que tiene hijos y entenados. Hijos son los acomodados en la experiencia de clientelismo político más grande de la historia nacional, los que ganan plata a paladas merced al sistema nuevo de salud. Lo son los sindicalistas que del patrimonio común han hecho sebo. Los que alquilan los aparatitos de pasar plásticos en decenas de miles de negocios, depositarios de las prebendas que faltan al sector productivo y exportador, generador de riqueza genuina.

En medio de "la inclusión financiera" que bajo la sombra de Astori —saqueador de jubilados con seudo impuestos de "asistencia a la seguridad social"— han firmado sin rodeos los presidentes Vázquez y Mujica, y que viene cometiendo el ataque más grande a la privacidad, y a la libertad en su más pura manifestación, haciendo de la tierra de Artigas una colonia. Que solo nutre a la más poderosa internacional que hay en el mundo: la de los prestamistas, la de los dueños de la máquina de imprimir dólares y el dominio de las finanzas internacionales. Los entenados somos los criollos de a pie, los "nabos de siempre", con el lomo agobiado de gabelas en un país en el que nadie si no es finlandés o camarada de filas puede iniciar emprendimientos, o mantener los existentes. Ni andar por la calle sin arriesgar a que lo maten.

Desde el Versailles frentista en la jarana del acomodo y con una glotonería insaciable, no se dan cuenta que el grito de la campaña, no es solo el de los productores, es el de los camioneros, el de los escritorios de negocios rurales, el de las estaciones de servicio, el de los comercios todos, el del empleo, el de quienes viven de "changas", el de todas las actividades económicas y, que el ninguneo pega más duro que a nadie en quienes menos tienen.

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