Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

¿Dulce espera?

Nuestra generación es la de los 206.500 uruguayos ubicados entre los 70 y 79 años (que mira con injustificada distancia a los 104.100 orientales de 80 años o más).

Atrás quedaron ruedas amistosas, mesas varias, abrazos que sacudían la osamenta, picadas tentadoras y vasos con hielo prontos para el escabio.

Y, ni que hablar las reuniones espontáneas e informales con los seres queridos. Ahora todo es “whatsapp” y comunicación virtual que dicen llegó para quedarse. Hay una pregunta que para los añosos según la cédula de identidad es latiguillo: “¿Vos ya te vacunaste?”. Eso nos lleva a estar a cada rato mirando la app de coronavirus en el celular que nos contesta estamos registrados con éxito pero que aún no tenemos día, hora y lugar para el pinchazo. Confesarlo genera cierto sentimiento de culpabilidad como cuando habíamos perdido un examen en los tiempos de los amores de estudiante.

La franja etaria mencionada notoriamente es la que con mayor autodisciplina acató el quedarse en casa, la distancia, y el tapaboca. El bombardeo cotidiano y a toda hora de noticias sobre el virus permite formarse una opinión sobre el flagelo y la realidad universal. Ignoraré conscientemente a “las redes”, que son una ensalada de odio, intercambio de munición gruesa, asambleas de personas armadas por algoritmos y… una denigrante manera de desinformarse y perder el tiempo. Ante el ataque del Covid que agarró a la humanidad distraída los países han intentado toda clase de soluciones distintas y casi ninguna plenamente exitosa.

Citaré dos casos de los pocos mejores. Uno es Taiwán, la pequeña isla, de 23 millones de habitantes y alto desarrollo, sede de la China democrática, que supo lo que pasaba en China continental y velozmente adoptó medidas. No hubo confinamiento estricto, ni limitación a las libertades civiles. Se cerraron las fronteras a los viajeros que venían del continente, con limitadas excepciones (caso de personal diplomático). El contagio cesó. Empero, mantuvo el uso popularmente acatado de mascarillas y el testeo, pero, solo de personas cercanas a los enfermos. Ser una isla fue fundamental para su éxito como ha ocurrido con Nueva Zelanda y Australia. Otra situación es la de Israel que tuvo azote severo del virus y llevó adelante una vacunación masiva. Hoy más del 50% de la población ha recibido las dos dosis de Pfizer y regresa a la normalidad con habilitación de hoteles y centros educativos.

Nuestro país conoce de muchos contagios y fallecimientos. El gobierno nacional ha hablado con la verdad. Cosa ausente en el vecindario regional. Ha exhortado desde el vamos al uso de mascarillas, a mantener distancias y a permanecer en casa. Ha redoblado la asistencia económica y social dentro de lo posible, equilibrando la autoridad estatal con el mantenimiento de la actividad económica imprescindible para cientos de miles de compatriotas.

Mi franja etaria que -dijimos- se cuida, mira las circunstancias con ojos vigilantes. Y, ha visto cómo muchísima gente se aglomeró e hizo caso omiso a los dictados de la prudencia, últimamente en verano y Turismo. A ello responde la extensión del contagio razón de la ansiedad colectiva presente. Porque no se puede poner un candado en cada casa, ni un policía al lado de cada ciudadano. Ante la realidad la rápida vacunación masiva en curso es el estandarte nacional de la esperanza.

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