Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Cien años y un chivito

Por estos días vino de vacaciones a nuestro país el estadounidense David Rockefeller II. Ha estado en el este, en José Ignacio, en la exclusiva estancia Vik, ícono de los emprendimiento turísticos capaces de dar un plus notable al Uruguay.

Por estos días vino de vacaciones a nuestro país el estadounidense David Rockefeller II. Ha estado en el este, en José Ignacio, en la exclusiva estancia Vik, ícono de los emprendimiento turísticos capaces de dar un plus notable al Uruguay.

Hablar de Rockefeller es referirse a un apellido asociado a lo más poderoso del mundo político, financiero y económico mundial. Trátase de una familia de más o menos 300 miembros, de la que el mencionado es tercera generación, que a partir de John Rockefeller, hizo sus conquistas iniciales en el campo petrolero y las continuó con muchas actividades más. La fortuna del grupo, que no es una entidad uniforme y tiene sus contradicciones internas, se estima en algo así como 10.000 millones de dólares. Le acompaña una leyenda, que tanto hace a sus realizaciones corporativas, a veces non sanctas, como la imputación de promover un Nuevo Orden mundial supranacional dirigido por los principales poderes económicos.

El citado ancestro John la tenía clara. Entre sus muchas expresiones notorias revista una que reza: “Del cuello para abajo todos los seres humanos valen un salario mínimo, del cuello para arriba no se sabe cuánto pueden llegar a valer”.

En el mundo actual si se toma la producción anual de los Estados nacionales y se la compara con la de las principales compañías multinacionales (PBI), se advierte que considerando 100 unidades económicas, la mitad son Estados y la otra mitad son corporaciones. Es una realidad importante que debe considerarse al analizar lo que ocurre en el planeta en que vivimos.

Sin profundizar, dejando de lado consideraciones teóricas, éticas y filosóficas en general, lo cierto es que guste o no, el desarrollo del capitalismo privado con sus sombras y egoísmos por un lado y otro, ha llevado a la humanidad a realizaciones que mejoran enormemente la calidad de vida y le abren espacios, de la mano del impulso de la ciencia y la tecnología sin par. Centros matrices activos de lo citado, como los Estados Unidos de América, Alemania y Japón, con ineludible proyección planetaria, se mueven en base a la libertad política, la democracia, la propiedad privada y la libre empresa, y prácticamente no tienen en su seno empresas estatales. Por el contrario, en países del tercer mundo, y particularmente en América Latina, para “defender los intereses nacionales y al pueblo”, han proliferado compañías estatales, a las que vemos en su plenitud.

Instrumento de “socialismos y populismos” tan oligárquicos como corruptos -con especial énfasis en el terreno petrolero- han saqueado las reservas materiales de las respectivas repúblicas. De la mano de una internacional del dolo, que por citar algunos nombres propios, se llama Pdvsa en Venezuela, Petrobras en Brasil, Cristóbal López y Cristina Kirchner en Argentina y Ancap en Uruguay.

Por estos lares reducir la obesidad e ineficiencia estatal, racionalizando y controlando lo público, abriendo el terreno a la actividad privada, se ha condenado porque -se dijo- vendrían piratas de fuera a comernos. En realidad eso ha sido sostenido por los piratas que tenemos dentro. Querían el botín para sus cofres.

Para saber cómo lograr eficiencia en estas y otras actividades, no sería malo preguntar cómo se hace, al norteamericano de 100 años que fue días atrás a comer un chivito a La Barra de Maldonado. Sus empresas no quiebran.

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