Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Amores amarillos

Una variopinta delegación oficialista se fue a la China, dejándonos bajo la honorable tutela del presidente Sendic. Es tiempo de inclinarse reverente ante el imperio amarillo.

Una variopinta delegación oficialista se fue a la China, dejándonos bajo la honorable tutela del presidente Sendic. Es tiempo de inclinarse reverente ante el imperio amarillo.

Dejamos pasar un TLC y otras oportunidades afines con los Estados Unidos de América, la democracia más poderosa del mundo. Leales a la chatura intelectual del progresismo latinoamericano retrógrado, con el mismo entusiasmo con el que hoy una nutrida comitiva encabezada por el presidente Vázquez cruzó el Pacífico a comer arroz con palitos.

EE.UU. sigue representando más del 22% de la riqueza mundial, y junto con la Unión Europea constituyen más del 45% de la misma. Lo que indica que sus impulsos económicos siguen siendo la principal locomotora del orbe. China con sus 1.300 millones de habitantes significa hasta ahora un 12% del PBI planetario (le sigue Japón con un 7% de éste).

Los chinos actuales, como ayer japoneses y coreanos, envían estudiantes a Norteamérica, a las mejores universidades del mundo. Saben que de allí surgen todos los años cerca del 70% de las nuevas innovaciones y patentes de la ciencia y la tecnología (allí está el mayoritario destino de premios Nobel). Inteligentemente hace tiempo que el Asia dinámica no desprecia los avances occidentales (desde la aspirina hasta Internet).

El cambio universal en relación con los centros de poder vigentes cambió aceleradamente desde la caída del comunismo ayer y los estertores de sus agonizantes, oligárquicos y corruptos populismos latinoamericanos hoy. El despertar asiático y el crecimiento impresionante de la China actual con vocación de porvenir, integrando cotidianamente a millones de personas a una vida mejor y al consumo de bienes de calidad entre los que están los vinculados con la alimentación, es una realidad. Y no hay que ser demasiado lúcidos para compartir que nuestra relación y la adaptación al mundo presente y futuro es impostergable. Por ello, lo de China es de cajón; no obstante, también lo es la conjura de los necios que desde el anacronismo de la falta de entendederas y el eslogan vacío ven al mundo, y pesan en las decisiones del gobierno actual, con una visión sesgada de una realidad general que no merece que se la mida con prejuicios.

Es muy notable la doble vara para medir las cosas cuando se atiende a ciertas realidades. Asistimos al debate electoral entre Clinton y Trump, expresión del ejercicio democrático, que es parte de la batería de derechos humanos que son asiento institucional de los EE.UU., proscrita por nuestros “ideológicos”. China, por su parte, así se define, es “comunista”, aunque lo que queda realmente de esta expresión es una oligarquía de partido único, de la que han nacido los nuevos grandes millonarios de porte universal y un pueblo sometido por una tiranía brutal, asentada en el más salvaje de los capitalismos conocidos. Nuestros progresistas no les hacen asco.

En la delegación autóctona no hay productores agropecuarios (curioso, ya que el producto principal a vender es la carne) pero va el Pit-Cnt. Su complacencia a viajar es seguramente para dar beneplácito a un régimen “comunista” en el que no hay libertad sindical, el ejercicio de la huelga está penado -la sanción más barata son palos y cárcel- y, si a alguien se le ocurriese una ocupación de una planta industrial, como las que acá le hacían a la ensambladora china Lifan, capaz que hasta le dan pena de muerte.

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