Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Se puede

Tiempo atrás un amigo me invitó a visitar “Los Pinos”. Centro de enseñanza privado sin fin de lucro, que se sostiene con aportes públicos y privados y está dedicado a la enseñanza tecnológica.

Se ubica en Montevideo en la “cuenca de Casavalle” y al igual que otras instituciones de similar naturaleza, realiza desde hace años una exitosa tarea arraigado en una zona de contexto crítico. Físicamente podría sentirse que se está ante un importante campus universitario de los que vemos en las películas de Estados Unidos o países europeos, o los mejores colegios de nuestro país. La limpieza, la arquitectura austera y la multiplicidad de canchas, en las que resalta el verde de las de fútbol y rugby, sorprenden. La historia registrada en fotos relata el progreso desde los precarios orígenes a la actualidad.

Los comienzos se dieron con el aporte desinteresado de un amplio terreno por su dueño (ajeno al cristianismo), para afectarlo al fin citado, y la responsabilidad plena de la gestión y concreción del emprendimiento, está a cargo del “Opus Dei”, relevante organización integrante de la Iglesia católica. En el lugar no hay rejas. El vecindario lo respeta. De hecho, alumnos y padres, arraigados en la zona, participan de forma conjunta en varias actividades.

Recientemente (14/05/19), en el programa de canal 10, Saeta, “La mañana en casa”, Kairo Herrera, integrante del panel periodístico, tuvo una entrevista con el compatriota Hebert Álvez, quien entre otras actividades se desempeña actualmente como profesor en Los Pinos. Se citarán algunos aspectos de la experiencia de vida de Álvez allí expuestos que ilustran sobre el particular.

Hebert Álvez tiene 31 años de edad. Hace 17 años vino a Montevideo. Es oriundo de Rivera. Se crió en el campo en una familia formada por el padre, la madre y 14 hijos. El padre era tropero, arreaba ganado a veces hacia Brasil y llegó a estar hasta seis meses alejado de la familia con la que colaboraba a su sustento. En el año 2.000 se suicidó. La madre trabajaba en tareas domésticas. La familia, pese a estar sus miembros en oportunidades separados, le inculcó a los hijos sentido del trabajo honesto y superación. Quienes sobreviven permanecen en contacto y tienen una vida ordenada. En Montevideo, donde parte de su gente vino a residir, Hebert pasó a vivir en un asentamiento en Casavalle. La posibilidad del delito estaba a mano. Buscó medios de vida desempeñándose en tareas metalúrgicas (lo hizo por 7 años) hasta que por consejos cercanos se acercó a estudiar en Los Pinos. Allí, se especializó en trabajos eléctricos e instalaciones, actividades para las que con un socio fundó una empresa que integra hasta hoy. Actualmente pelea la cotidiana y tiene su casa, en la que vive con su señora y dos hijos.

Cuenta que cuando llega diariamente al centro de estudios en el que enseña, no se quiere ir. También que el tema religioso no es relevante. Los padres, si los hijos son menores, o las personas mayores por decisión propia, deciden sin presión si quieren vínculo con la religión o no. Hebert Álvez considera que al bachillerato lo deberían terminar todos los jóvenes y dice que en el medio en que ha vivido hay personas que no pueden articular más que unas pocas palabras. Subraya la ausencia del Estado en el tema y la falta de compromiso con el mismo que percibe en la actual campaña electoral. Las conclusiones a sacar sobre esta experiencia emanan de ella misma.

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