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Poses ideológicas y mala diplomacia

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CLAUDIO FANTINI
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Es posible afirmar, parafraseando a Miguel de Unamuno, que al llamarlo “pinochetista” y decir que “nunca habló de Derechos Humanos ni de torturas”, Rafael Bielsa no agraviaba a José Antonio Kast; lo describía.

El propio candidato ultraconservador chileno no puede haberse sentido agraviado, porque él mismo asume esas posiciones y las defiende públicamente. Pero que lo dicho por Bielsa sobre Kast sea cierto y no pueda ser tomado como una afrenta por la persona aludida, no significa que el diplomático argentino haya actuado bien. Todo lo contrario. Bielsa cometió un estropicio.

Su suculento sueldo no lo recibe del Estado argentino para que relate de manera pública la política del país donde se desempeña como embajador. A esas descripciones debe hacerlas exclusivamente por canales diplomáticos al gobierno del Estado al que representa.

Que su descripción del candidato que ganó la primera vuelta en Chile sea correcta, resulta irrelevante. Lo relevante es que traspasar los límites de su función implica una flagrante injerencia en los asuntos internos de otro país.

Se lo dijo en una queja oficial la Cancillería de Chile y también el candidato izquierdista que enfrentará a Kast en el ballotage. Gabriel Boric señaló los dos estropicios cometidos por Bielsa: “No corresponde que un embajador intervenga en la política interna de otro país”.

Esa frase breve apunta dos cuestiones elementales en la diplomacia: el límite de la función del embajador y que transgredirlo implica interferir en los asuntos internos de otro Estado.

Además, que la descripción del embajador sea objetiva, no le resta hostilidad. A Kast no le ofende que le digan pinochetista, pero lo reconoce como un acto hostil.

Lo desconcertante es que Rafael Bielsa no desconoce algo tan obvio en las relaciones diplomáticas. Muchos políticos llegan a embajadores por razones que no tienen que ver con su capacidad ni conocimiento del tema. Algunos reciben una embajada como premio por favores políticos o como prenda de entendimiento; otros para alejarlos del escenario local enviándolos al exterior. Pero no es el caso de Bielsa.

Que el actor cómico Miguel del Sel hubiera cometido un estropicio de ese tipo cuando era embajador en Panamá, no habría generado tanta perplejidad, porque sería fácilmente atribuible a la inexperiencia o la ignorancia. Pero Bielsa es un hombre formado y culto que, además, fue ministro de Relaciones Exteriores. ¿Cómo explicar que un ex canciller cometa un error de semejante magnitud?

La explicación quizá pueda encontrarse en un rasgo lamentable de la política argentina, particularmente notable en el oficialismo: la sobreactuación ideológica para agradar a los jefes.

Salvo la calificación de “anti-argentino” que atribuyó a Kast y puede ofrecer flancos discutibles, el resto de su descripción está compuesta de obviedades que no aportan nada novedoso, lo que la hace totalmente prescindible, además de contraproducente.

Pero es posible que Rafael Bielsa considerara que demostrando hostilidad hacia un dirigente ultraconservador, podría hacerse notar desde una posición compartida con el presidente y la vicepresidenta, expresando una visión que lo muestre consustanciado con lo que piensan ellos.

Es probable que a Cristina Kirchner, quien parece ver en las poses ideológicas y en la confrontación elementos enaltecedores, le agraden ese tipo de actitudes, aunque impliquen un grave incumplimiento de su función en el caso de un embajador. Pero Alberto Fernández debe haberlo percibido de inmediato como lo que fue: un estropicio. Aunque lo más grave para el jefe de Estado argentino, es que desnuda un argumento al que recurre cada vez que no acompaña denuncias a la represión y otras violaciones a los Derechos Humanos en Venezuela, Cuba y Nicaragua: la no injerencia en los asuntos internos de otro Estado.

El propio Alberto Fernández ha mostrado la utilización hipócrita de ese principio, pronunciándose públicamente sobre situaciones en países gobernados por signos políticos opuestos al suyo, o al que exhibe como suyo quizá para merecer el afecto político de la vicepresidenta.

De ese modo, fue el mismísimo presidente quien develó en reiteradas ocasiones el uso de la doctrina de la “no injerencia” como camuflaje de las verdaderas motivaciones, aparentemente inconfesables.

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