Leonardo Guzmán
Se divulgó el estudio de la Universidad de la República sobre los métodos de la última dictadura.
Al repasar la lista de las personalidades vigiladas y las organizaciones espiadas, al reencontrar nombres y marquesinas que hoy viven de otro modo o ya no están, un estremecimiento histórico se apodera de nosotros. ¿También ellos? Sí, también, porque cualquier sistema de gobierno que busca abarcar todo -y por eso es "totalitario"- sigue de largo y sin fronteras desde lo ridículo hasta lo inicuo.
Incluso a quienes en su momento sabíamos que figurábamos en las listas -sorteando miradas inspectoras, publicábamos a diario-, la nómina hoy nos sigue impresionando. Eso sí: no tanto por el número y la calidad de los casos concretos como por lo mucho de cada persona que queda afuera de los recuentos.
Los totalitarismos no sólo generan hechos y datos que la historia anota. Además, se entrometen en cada uno registrando sus intimidades, cambiándole el destino y ahogando la fecundidad de su pensar. La investigación documental saca a luz los controles, pero no puede tabular el proceso interior que vivieron los controlados ni la desviación de proyectos que se infirió a los que parecía no controlarse.
Ninguna reconstrucción podrá revelar todos los sueños y todas las ideas valiosas que se truncaron por el bloqueo que subsiguió al golpe de Estado, la dictadura y el montaje totalitario. Algunas quedaron yertas porque no podían difundirse. Otras, porque no pudieron llegar ni siquiera a pensarse: los silenciamientos por acto del príncipe colocan el obedecer por encima del pensar y provocan efectos intra-abortivos.
Entonces no es cuestión de dejarnos atropellar por la ristra de dolores sufridos y bienes perdidos en la última dictadura ni menos aun es cosa de querer cimentar sobre ellos lo que vendrá. A partir de la rememoración y la condena, debe surgir, purificada, la conciencia lúcida de los principios del Estado de Derecho que en cada uno de los atropellos se violaban como casos particulares de una trasgresión esencial: la del mandamiento constitucional de la libertad.
Si la energía que en estos años se consagra a desmenuzar los detalles de todo lo irrecuperable, la hubiera entregado el Uruguay a educar a su gente en el valor sagrado de la persona, ¡cuánto más habríamos avanzado hacia una convivencia abierta y respetuosa!
Pero el Estado ha generalizado un método infecundo: condenar el mal, exhibir la obra del chacal, pero no afirmar el bien ni marcar su camino. Se condena la violencia doméstica, pero ni se menciona al amor. Se combate la drogadicción, pero no se enseña a luchar por la vida. Se denuncia la siniestralidad en el tránsito, pero no se imparte concentración mental ni geometría ni física. Se fustiga el aumento de la delincuencia, pero no se enseña el honor ni el señorío sobre sí mismo. Y así sucesivamente, se fustiga el mal sin proclamar el bien.
Por esta vía se mantiene a la ciudadanía en crispación infecunda e indignación sin futuro.
Y se le oculta que el Derecho y su matriz moral se fundan en principios válidos para todos, que no pueden sustituirse por ningún repaso de desgracias y ninguna dialéctica histórica, por sutil que se la imagine.
Los horrores publicados y los dolores silenciosos que nos provocó la tiranía fueron el fruto amargo y natural del liberticidio.
Hay quienes quieren condenarlos en la plaza pública sin afirmar la libertad.
Sus razones tienen.