Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Volver a Rousseau

Los intereses creados y las correlaciones de fuerza tienen un gran impacto sobre el funcionamiento de nuestras sociedades.

Esto es algo que todos sabemos y que decimos con bastante frecuencia. Lo que a veces olvidamos es el peso que también tienen las ideas: numerosos fenómenos políticos y sociales se vuelven incomprensibles si no tenemos en cuenta lo que alguien pensó o escribió en el pasado, a veces hace varios siglos.

Muchas personas que están dispuestas a reconocer el peso de los intereses y de las correlaciones de fuerza se vuelven escépticas cuando se habla de la influencia de las ideas. Para quienes ven las cosas de este modo, todo lo que cuenta es la ambición y el poder. Las ideas apenas serían un ropaje artificial con el que ocultamos los engranajes que realmente mueven al mundo.

Este realismo desencantado suena muy seguro de sí mismo, pero está básicamente equivocado: se trata de una visión que nos vuelve menos capaces de entender lo que ocurre porque nos hace perder una parte de la película. Dejar de atender a las ideas y a su influencia histórica nos quita herramientas para interpretar acontecimientos muy cotidianos y muy concretos.

Las sociedades democráticas no funcionarían como lo hacen si sus integrantes no hubieran decidido tomarse en serio (más allá de debates y discrepancias) la idea liberal de igualdad. La historia del sindicalismo no sería la que fue si no hubiera existido Marx. Las luchas culturales del presente no se plantearían como se plantean si se hubieran perdido los escritos de Gramsci.

Pensar que las ideas no tienen influencia sobre la vida de las sociedades es tan ingenuo como pensar que solo influyen las ideas, sin tener en cuenta los intereses ni las correlaciones de fuerza.

Si esto es verdad, entonces tenemos que prestar atención a Jean-Jacques Rousseau. Muchas ideas que hoy están ampliamente difundidas, y hasta una sensibilidad general que reconocemos como propia de nuestro tiempo, tienen sus raíces en el pensamiento de este ginebrino que nació en 1712, vivió casi toda su vida en Francia y murió en 1778, es decir, once años antes de la Revolución Francesa que él contribuyó a inspirar con sus obras.

La desconfianza hacia las instituciones y sus formalidades, la defensa de la participación política como forma superior de ejercicio de la ciudadanía, la búsqueda de alguna modalidad de democracia deliberativa como alternativa a la democracia representativa clásica, la idea del "hombre nuevo" impulsada, entre otros, por el Che Guevara y al menos ciertas modalidades de sensibilidad ecológica, son todos fenómenos de raíz rousseauniana.

Esta enumeración alcanza para percibir que Jean-Jacques Rousseau es uno de los pensadores políticos más emparentados con la sensibilidad política de nuestro tiempo. Esto se debe, entre otras cosas, a su formidable poder intelectual y a sus grandes dotes como escritor, que lo hicieron dueño de un estilo que mantiene hasta hoy todo su vigor. Estas cualidades lo hicieron enormemente exitoso (también desde el punto de vista comercial) cuando aún estaba vivo. Luego de su muerte, esa influencia siguió extendiéndose en el espacio y en el tiempo, hasta que Rousseau se convirtió en uno de los pensadores más influyentes de los tres últimos siglos. También en uno de los más nocivos.

Para entender por qué, hay que tomarse el trabajo de volver a sus obras.

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