Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

La utopía de Iván Illich

En los años setenta del siglo pasado, el anarquista Iván Illich se convirtió en el gran crítico de la escuela obligatoria.

A sus ojos, los sistemas educativos habían terminado por transformarse en organizaciones burocráticas orientadas a autoperpetuarse, que primero expropiaron y luego convirtieron en monopolio algo que la sociedad siempre había hecho sin mayores problemas: enseñarse a sí misma.

El conocimiento y la información que importan no están en la escuela, sostiene Illich, sino fuera de ella. Por eso, el desafío consiste en “desescolarizar la sociedad”. La tarea pendiente es liberarse del yugo institucional y crear redes que pongan fin a una escasez de educación que ha sido creada artificialmente: “la escuela se apropia del dinero, de las personas y de la buena voluntad que están disponibles para educar, y desalienta a las instituciones que están por fuera de ella a asumir tareas educativas”.

Los profesionales de la docencia, sostiene Illich, “se han apropiado del derecho que todo hombre tiene a ejercer su capacidad de aprender e igualmente enseñar”. La gran batalla que tenemos por delante consiste en recuperar el ejercicio de ese derecho a educarnos a nosotros mismos. Sólo así desmontaremos la trampa que hemos tendido a los más pobres y a los menos instruidos. Ellos creen que la escuela los sacará de la pobreza, pero la escuela está diseñada para convertirlos en una clientela cautiva: “los pobres necesitan fondos que les permitan aprender, en lugar de obtener certificados que acreditan el tratamiento de sus deficiencias”.

Pero, ¿cómo avanzar hacia una sociedad que consiga enseñarse a sí misma? En la época de Illich no existía Internet ni las redes sociales. De hecho, ni siquiera existía la computadora personal. Por eso, las cosas que propone suenan extremadamente toscas: “Permítanme dar, como ejemplo de mi planteamiento, una descripción de cómo podría funcionar esta ‘unión’ intelectual en la ciudad de Nueva York. Cada persona, en cualquier momento y a un precio mínimo, podría identificarse ante una computadora con su dirección y su número de teléfono, indicando libro, artículos, película o grabación acerca de los cuales busca un compañero para conversar. En un plazo de días podría recibir por correo la lista de otros que hubieran tomado recientemente la misma iniciativa. Esta lista les permitiría concertar por teléfono una reunión con personas que se conocerían exclusivamente por el hecho de haber solicitado un diálogo sobre el mismo tema”.

Es altamente dudoso que algo así pudiera funcionar. Pero lo que importa está en otra parte. Apenas iniciados los años setenta, cuando la informática recién empezaba a difundirse, Illich defendió la idea de una sociedad en red que se enseñara a sí misma. En esa sociedad sin jerarquías, la gente intercambiaría información voluntariamente y en forma descentralizada, sin otro rumbo que el que marcaran sus propios intereses.

Cuando uno lee a Illich, se nota que le faltan las palabras para explicar lo que tenía en mente. La simple razón es que esas palabras todavía no existían. Pero está claro que lo que está imaginando es un anticipo de las páginas wiki.

Como todo precursor, Illich tenía una visión que se adelantaba a su tiempo y que, por lo tanto, no conseguía expresar con claridad. Pero ya había visto las tendencias que nos llevan adonde estamos hoy.

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