Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

La última polis

Los griegos inventaron la democracia allá por el siglo VI antes de Cristo.

Pero la Grecia de entonces no era un país tal como los conocemos hoy, sino un conglomerado de ciudades independientes, cada una de ellas rodeada de un pequeño territorio. Atenas, la más grande de esas ciudades-estado, no llegaba a tener cien mil habitantes.

Veinticinco siglos después, en buena parte del mundo seguimos intentando practicar la democracia. Pero la clase de régimen al que aplicamos ese nombre no sería reconocible para un habitante de la Grecia clásica. Ellos practicaron una democracia simple y directa, en la que no existía Parlamento, ni división de poderes, ni burocracia estatal, ni partidos políticos. Lo que tenemos en común con aquel experimento original se reduce solo a dos ideas, aunque enormemente importantes. La primera es que la soberanía reside en el pueblo. La segunda es que todos somos iguales ante la ley.

Pero no solo la naturaleza del régimen ha cambiado. También se modificaron las condiciones en las que debe funcionar. Y una de las condiciones que ha experimentado una transformación más radical es la escala.

Hoy no existen pequeñas ciudades-estado al estilo griego, sino países que controlan grandes territorios y que tienen poblaciones que se cuentan en decenas de millones de habitantes. En tales condiciones, el funcionamiento de la democracia deja de ser una experiencia cara a cara para convertirse en una actividad fuertemente mediada. En un país como Brasil, la inmensa mayoría de los ciudadanos no tendrá jamás la oportunidad de encontrarse con un ministro del gobierno central. Y el propio Congreso tiene tanta gente (513 diputados, 81 senadores) que los parlamentarios apenas se conocen entre ellos.

En medio de este panorama, Uruguay es una excepción. Nuestra exigua población nos plantea muchos problemas que merecen ser atendidos, pero también genera algunas ventajas. Y una de ellas es que todavía podemos tener una política muy cara a cara, donde un candidato recorredor puede terminar teniendo un contacto directo con un porcentaje muy significativo de los votantes y donde los ciudadanos tienen chances comparativamente altas de encontrar los caminos para llegar a quienes deciden.

Democráticos y poco numerosos, de algún modo los uruguayos constituimos la última polis. Eso se percibe en muchos rasgos de nuestra política que apenas se ven en otros lados. Algunos de esos rasgos tienen que ver con el modo en que se relacionan representantes y representados (la accesibilidad, la horizontalidad en el trato). Otros tienen que ver con el modo en que se relacionan entre sí los políticos profesionales (la convivialidad por encima de las diferencias políticas, la capacidad de dialogar todos con todos). No es que sea una situación perfecta ni mucho menos, pero son rasgos que llaman la atención cuando se adopta una perspectiva comparada.

En un mundo donde las encuestas, el manejo estratégico de las redes sociales y la lógica del marketing parecen estar colonizando la política, los uruguayos seguimos valorando y practicando una democracia “a la antigua”, que tiene muchas virtudes. No es que las tendencias internacionales no nos afecten, pero tenemos la posibilidad de no ser demasiado obedientes ante ellas. Y es probable que eso sea una buena idea. Por muchas razones, vale la pena que sigamos siendo la última polis.

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