Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Torcer para ganar

Una de las pruebas más claras del deterioro que sufre nuestro debate público es la tendencia a deformar y caricaturizar. No importa si lo que dice el otro encierra alguna verdad, como tampoco importa que haya hablado honestamente.

Una de las pruebas más claras del deterioro que sufre nuestro debate público es la tendencia a deformar y caricaturizar. No importa si lo que dice el otro encierra alguna verdad, como tampoco importa que haya hablado honestamente.

Aunque fuera así, la receta a aplicar consiste en deformar lo dicho hasta convertirlo en algo estúpido o moralmente escandaloso. Hay que torcer y caricaturizar para deslegitimar.

Todo recurso vale para dejar en falta al que habló: citar frases fuera de contexto, hacer resúmenes tendenciosos, colocar en el centro lo secundario, ignorar aquellas afirmaciones con las que es imposible no estar de acuerdo. Si nada de esto alcanza, simplemente hay que poner en su boca lo que nunca afirmó. Si alguien critica el gasto en malas políticas sociales, se dirá que se está oponiendo a combatir la pobreza. Si alguien afirma que la enseñanza pública anda mal, se dirá que está sugiriendo privatizar la educación. Si alguien pone en cuestión los sistemas de cuotas, se lo presentará como un defensor de la discriminación.

Por cierto, esta maniobra no tiene nada de nuevo ni es particularmente nuestra. Desde que existen discusiones públicas o privadas, existen quienes han hecho uso y abuso de ella. Pero hay dos fenómenos que, lamentablemente, se han vuelto típicos de nuestro debate público. El primero es la inmensa frecuencia con la que es utilizada. Para muchos protagonistas de nuestra vida política y social, parecería que no hay otra manera de reaccionar ante lo que dicen “los otros”. El segundo fenómeno que se ha vuelto típico es que nadie paga costos por contaminar la discusión. Parecería que los uruguayos hemos perdido la capacidad de distinguir entre un buen argumentador y un vulgar chicanero. En particular, hemos perdido esa capacidad si el chicanero es de los nuestros.

Todo esto es malo para la calidad del debate público, y por lo tanto es malo para la calidad de las decisiones que debemos tomar como sociedad. Si nos dedicamos a demoler versiones simplificadas y grotescas de lo que piensan nuestros adversarios, podremos ganar algunas batallitas psicológicas pero nos volveremos incapaces de aprender. Para empezar, nuestras victorias siempre serán falsas y transitorias. Pero además habremos perdido la oportunidad de descubrir las debilidades de nuestro propio punto de vista y de enriquecernos con lo que haya de valioso en las propuestas de los otros.

Es sencillamente estúpido creer que nada puede ser verdadero ni valioso hasta que no lo diga alguien de los nuestros. Reconocer esta verdad no significa ser ingenuo. Por supuesto que vamos a discutir con nuestros adversarios, y por supuesto que es mejor ganar que perder esas discusiones. Pero la cuestión es en qué cancha vamos a competir y a qué clase de victoria vamos a aspirar.

Si convertimos el debate público en un concurso de chicanas, todos nos volveremos menos lúcidos y condenaremos a la sociedad a no aprender más rápido de lo que aprende el que tiene la mayoría. Si, en cambio, aceptamos discutir genuinamente, vamos a mejorar nuestra propia calidad como argumentadores y vamos a contribuir a que nuestra sociedad tome mejores decisiones.

Hace un siglo y medio, el filósofo inglés John Stuart Mill decía que un argumento no ha sido refutado hasta que no ha sido refutado en su mejor versión. Discutir sobre versiones devaluadas nos devalúa a todos.

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