Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Los socialistas y Vivián Trías

El pensador francés Edgard Morin publicó en 1981 un libro titulado “Para salir del siglo XX”. Morin había sido comunista en su juventud, pero los crímenes del estalinismo lo convirtieron en un crítico de todos los totalitarismos. Tuvo el mérito de ser uno de los primeros en reaccionar: ya en 1952 fue expulsado del Partido Comunista como consecuencia de un artículo de prensa.

En su libro de 1981, Morin describe lo que considera las tres etapas de autodefensa del pensamiento totalitario. Ante la denuncia de un crimen o de un exceso, la primera fase consiste en la negación indignada: “¡mentiras canallescas!”, “¡ataque malintencionado de la derecha!”, “¡campaña de la CIA!”. La idea es negar todo el tiempo que se pueda, como hacen hasta hoy los defensores del castrismo o de Nicolás Maduro.

La segunda fase empieza cuando la negación radical se vuelve insostenible ante la evidencia acumulada. Cuando eso ocurre, la táctica consiste en dar un paso atrás y relativizar: “lo que se denuncia no es completamente falso, pero es exagerado”, “no se pueden entender estos hechos fuera de contexto”, “los datos que se presentan no reflejan lo que ocurrió”. Cuanto más se haya podido resistir en la primera fase (es decir, cuanto más tiempo nos separe de los hechos), más fácil será mantenerse en esta segunda posición.

La tercera fase empieza cuando ya ni siquiera es posible defender versiones torcidas de lo ocurrido. No sólo se ha acumulado mucha evidencia, sino que todas las interpretaciones razonables confirman la existencia de crímenes o excesos. Cuando se ha llegado a este punto, el tercer paso consiste en cultivar la desmemoria y cortar todo vínculo con el presente: “son cosas de otra época”, “fue malo, pero ya pasó”.

Este simple esquema de Morin resume lo que hizo la izquierda internacional con los crímenes de Stalin, con los millones de muertos de Mao, con las invasiones soviéticas a Hungría y Checoslovaquia, con la destrucción de libertades y la represión feroz en Cuba, con el genocidio de Pol Pot y tantos otros hechos nefastos.

Que una misma y simple lógica haya sido aplicada en tantos episodios durante tanto tiempo es asombroso. Pero más asombroso es que el mismo esquema siga vigente en el Uruguay de hoy.

Cuando hace cosa de un año apareció evidencia de que el dirigente socialista uruguayo Vivián Trías fue un espía a sueldo de la inteligencia checoslovaca, las primeras reacciones se ajustaron a la fase uno de Morin. “¡Canallada!”, dijeron desde el Comité Central del Partido Socialista uruguayo. Y hasta acusaron de traición al historiador uruguayo (y ex militante socialista) Fernando López D’Alessandro, que es el principal investigador del tema.

Desde entonces, la evidencia acumulada (que incluye desde documentos desclasificados hasta pericias caligráficas) se ha vuelto irrefutable. Por eso, hace pocos días una comisión de historiadores designados por el Partido Socialista puso en marcha la fase dos: bueno, es verdad que coordinaba con la inteligencia checa, y también que cobraba. Pero no era un espía. Lo suyo era parte de la lucha por un socialismo nacional.

A esta altura, sólo queda una pregunta por responder: ¿cuánto tiempo demorarán los socialistas uruguayos en admitir que Trías era un espía, pero agregando que eso es historia vieja y no tiene nada que ver con ellos?

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