Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Santa indignación

Si usted busca un indicio claro de intolerancia o fanatismo, nada mejor que la santa indignación. Los intolerantes y los fanáticos de todos los tiempos (ya sea en lo político, en lo religioso o en cualquier otro campo) siempre se distinguieron por su facilidad para indignarse.

No se trata, desde luego, de cualquier indignación. Todos nos indignamos a veces y, en general, después nos arrepentimos. Pero esta es una indignación segura de sí misma, que se lleva como una condecoración. El intolerante o el fanático están orgullosos de su propia indignación. La perciben como una señal de superioridad moral. Que ellos se indignen y otros no, es una prueba evidente de que ellos son mejores.

Se trata, además, de una indignación veloz. Lo primero que hacen el intolerante o el fanático es indignarse. Se indignan antes de haber terminando de informarse y mucho antes de haber terminado de entender. Más aun, necesitan indignarse rápido. La razón es simple. Cuando uno se esfuerza por ver todos los lados de un problema, cuando uno incorpora todos los datos (incluyendo aquellos que nos resultan incómodos), los blancos y los negros desaparecen para dar lugar a los grises. Las responsabilidades se reparten y nadie queda a salvo de críticas. Llegados a este punto, indignarse se vuelve difícil. Y ellos necesitan indignarse.

Un tercer rasgo de la santa indignación es que funciona con la lógica de la descalificación. Para el intolerante y para el fanático, no hay individuos sino colectivos. Estamos nosotros y están ellos. Están los amigos y los enemigos, los creyentes y los infieles, los explotados y los explotadores, los revolucionarios y los reaccionarios. Esa pertenencia a un colectivo es lo único que importa. Las características personales son simples anécdotas. Por eso no hay que perder tiempo en averiguar si el otro está actuando de buena o mala fe, o si es una persona decente, o si tiene alguna autoridad en el tema del que habla. Lo único que importa es que pertenece al otro bando. Y como lo que provenga del otro bando sólo puede ser falso, perverso y malintencionado, entonces me indigno. La indignación es autoconfirmatoria: me indigno porque el otro es perverso, y la prueba de que es perverso es que me indigno.

La indignación funciona así como una autorización para jugar sucio. Como el otro pertenece al otro bando, y los que pertenecen al otro bando son perversos porque me indignan, estoy autorizado a difamarlo, a deformar lo que dice, a insultarlo y hasta a agredirlo. Puedo hacer todo eso en nombre de la verdad, la justicia, la fe, la pureza, o cualquier otro ideal del que haya decidido erigirme en representante.

El que está indignado tiene problemas para frenar sus propios impulsos. Y el que está santamente indignado cree que esa falta de frenos es una expresión de su autenticidad y de su convicción. Por eso se vuelve tan peligroso.

La indignación está entre las reacciones normales que puede tener un ser humano. Pero cuando la reacción más frecuente de alguien es la indignación, entonces estamos en problemas. Y más en problemas estamos cuando la indignación se convierte en programa (en España hubo un movimiento de "Indignados" que terminó engendrando a Podemos).

Desconfiar de la indignación es una actitud sana. Eso no nos obliga a ser escépticos ni a caer en el relativismo. Solo nos invita a ser tolerantes y prudentes.

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