Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Rousseau y la pureza

Quienes diseñan programas educativos o escriben historias de las ideas tienen una rara inclinación a armar paquetes de autores.

Así se habla de Montesquieu, Voltaire y Rousseau, o de Locke, Hume y Berkeley, como si se tratara de una línea de tres de algún equipo de fútbol. Pero esta práctica confunde más de lo que ayuda. Pongamos el caso de Montesquieu y Rousseau.

Montesquieu está al inicio de una larga serie de pensadores modernos que entendieron y valoraron el papel de las instituciones en la organización de la vida colectiva. Una célebre frase suya dice: "es una suerte para los hombres estar en una situación tal que, mientras sus pasiones los inclinan a ser malvados, tienen un interés en no serlo".

La idea detrás de esta frase es que los seres humanos somos imperfectos desde el punto de vista moral. No es que seamos enteramente perversos, pero somos vulnerables a nuestras ambiciones, al afán de dominio, a la codicia. Organizar la vida social suponiendo que nada de esto puede desviarnos es una ingenuidad.

Por eso, un papel fundamental de las instituciones es ponernos a salvo de nuestros peores impulsos. Pero no por la vía de intentar hacernos moralmente perfectos, sino asumiendo nuestra imperfección. Si en un momento de furia tengo el impulso de matar a alguien, es bueno que en ese momento recuerde que, si lo hago, corro un serio riesgo de pasar décadas en la cárcel. Cuando la moral falla, ese último freno apela a mis intereses.

Esta manera de razonar fue recogida por una larga serie de pensadores que incluye a Kant, Madison, Benjamin Constant y John Stuart Mill, entre otros. De aquí se derivan la protección constitucional de los derechos, la división de poderes y todo el sistema de controles y equilibrios. Probablemente Lord Acton pensaba en Montesquieu cuando dijo: "el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente". Es decir: cuando hay poder de por medio, tenemos que desconfiar de nuestras propias inclinaciones. Por eso es preferible optar por alguna forma de gobierno limitado.

Rousseau se pone en las antípodas de todo esto. A sus ojos, un diseño institucional que tome nuestra imperfección moral como dato nos empujará a volvernos aún más imperfectos y corruptos. No tenemos que construir frenos exteriores que neutralicen nuestras peores inclinaciones, sino organizar la vida social de tal modo que haga florecer la virtud. Tenemos que fortalecer nuestros mejores impulsos.

Rousseau no creía que esto pudiera lograrse por la vía del razonamiento, al que veía co-mo una puerta hacia la degradación moral (excepto cuando era él quien razonaba). En un pasaje terrible que tuvo aún peores lectores, llega a decir que "el estado de reflexión es un estado contra natura, y el hombre que medita es un animal depravado". También en esto se apartaba de Montesquieu y los suyos.

Para Rousseau, el camino para retomar contacto con la pureza humana era el de la sensibilidad. Lo que necesitamos no es argumentar, sino organizar la vida colectiva de tal modo que las prácticas compartidas nos conduzcan a la virtud. El papel de la política es perfeccionarnos.

Esta combinación de falta de confianza en las instituciones y antirracionalismo estaría llamada a tener consecuencias en la historia posterior. Pero en general no fue la tradición democrática la que se apropió de ella, sino sus enemigos.

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