Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

¿Dónde está el problema?

Imaginemos una empresa relativamente chica que enfrenta grandes desafíos. Para empezar, actúa en un mercado que se está reduciendo. En los últimos diez años la cantidad de consumidores cayó en más de un diez por ciento.

Imaginemos una empresa relativamente chica que enfrenta grandes desafíos. Para empezar, actúa en un mercado que se está reduciendo. En los últimos diez años la cantidad de consumidores cayó en más de un diez por ciento.

Además, esa empresa tiene una pequeña porción del mercado y se enfrenta a un competidor dominante. Como si fuera poco, ese competidor dominante recibe un formidable subsidio estatal que le permite, literalmente, regalar lo que produce. La empresa pequeña, en cambio, tiene que vender lo suyo a un precio que, como mínimo, le permita recuperar unos costos extremadamente rígidos.

Conocidos estos datos, el pronóstico es sencillo: en poco tiempo la empresa dominante terminará por quedarse con todo el mercado, por la simple razón de que está regalando lo que la otra vende. Pero, ¿qué pasa si no es eso lo que ocurre? ¿Qué pasa si, contra todo pronóstico, la empresa grande y subsidiada no deja de perder clientes durante diez años, mientras que la empresa chica consigue vender a cada vez más gente?

La respuesta obvia es que hay una enorme diferencia en la calidad de los productos. Esa diferencia es tan notoria que un creciente número de consumidores prefiere pagar por lo que podría conseguir gratis. Esto puede deberse a que el producto ofrecido por la empresa que cobra es excepcionalmente bueno, a que el producto ofrecido por la que distribuye gratuitamente es excepcionalmente malo, o a una combinación de ambos factores. Pero supongamos que sabemos que la calidad del producto pago no es particularmente buena. Entonces solo cabe concluir que la calidad del producto gratuito es percibida por un número creciente de personas como especialmente mala.

Esto es exactamente lo que está ocurriendo con nuestra educación primaria. Entre el año 2004 y el año 2013, la cantidad total de escolares cayó un 12% (gruesamente, pasó de 367 mil a 320 mil). La caída de la matrícula pública (que es gratuita) fue todavía más pronunciada: perdió unos 52 mil alumnos, lo que representa una disminución del 16%. En cambio, la matrícula de las escuelas privadas (que son casi todas pagas) subió de unos 47 mil a casi 57 mil alumnos (un incremento cercano al 20%). En los demás niveles educativos el contraste no es tan brutal, pero en todos ellos sigue siendo cierto que los años de gobierno del Frente Amplio han sido un período de crecimiento de la educación privada, tanto en términos absolutos como relativos.

Las mediciones de calidad de las que disponemos (por ejemplo, las pruebas PISA) revelan que la calidad de nuestra enseñanza privada no es particularmente buena. Eso no es raro, dado que el sector privado se compone de unas pocas instituciones de gran prestigio y mucho poderío económico, y de cientos de instituciones pequeñas, poco conocidas y dotadas de presupuestos exiguos. De modo que lo que alienta el crecimiento del sector privado no es el alto nivel de la educación que ofrece, sino la percepción de que la enseñanza pública está muy mal. A menos, claro, que alguien piense que miles de madres y padres que hacen grandes sacrificios económicos son simplemente estúpidos.

En este contexto, es llamativo que algunos denuncien como un problema la aparición de nuevas instituciones privadas. El problema real no es ese, sino el estado de la enseñanza pública. Y nuestro desafío como sociedad es mejorarla cuanto antes. 

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