Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

La primera baja

Para evitar toda suspicacia, empiezo por decir que apenas conozco a Juan Pedro Mir. He coincidido con él en algunas actividades sobre educación, lo he escuchado exponer, hemos intercambiado opiniones.

Para evitar toda suspicacia, empiezo por decir que apenas conozco a Juan Pedro Mir. He coincidido con él en algunas actividades sobre educación, lo he escuchado exponer, hemos intercambiado opiniones.

En todos esos encuentros mi impresión fue la misma: Mir es un hombre que defiende lo que honestamente cree, es un maestro de raza y es alguien genuinamente comprometido con la enseñanza de este país. Desde luego, mi impresión también es que está muy equivocado en sus opciones políticas, especialmente si espera que esas opciones favorezcan a la enseñanza. Pero descuento que él opina lo mismo de mí. Aceptar pacíficamente estas diferencias es parte de lo que llamamos democracia.

En las últimas horas del viernes, Mir presentó renuncia a su cargo de Director Nacional de Educación (uno de los de mayor jerarquía dentro del MEC). El motivo fue la difusión de unas palabras que dijo en una reunión política. En el pasaje crucial de su discurso ante el Plenario del Frente Líber Seregni, Mir había manifestado un profundo escepticismo sobre la capacidad del gobierno para cambiar la educación. “No creo que hagamos un cambio de ADN porque no están dadas las condiciones políticas”, admitió. Y luego agregó una imagen devastadora: “si las cosas siguen así, vamos a hacer una transfusión”.

Lo de Mir fue sin dudas una torpeza política. En el mundo de los celulares y de las redes sociales, las reuniones reservadas no existen. Pero Mir no es el único funcionario que ha cometido torpezas, ni es el que se equivocó más feo. De hecho, la propia ministra Muñoz generó molestias cuando, recién inaugurado el gobierno, puso públicamente en duda que se cumplieran algunas metas prometidas durante la campaña y reiteradas por el presidente Vázquez el día que asumió.

Muñoz contradijo lo que Vázquez había dicho pocas horas antes, y lo hizo ante cámaras y micrófonos. Lo de Mir no fue tan grosero. Pero la que sigue en el cargo es Muñoz. La pregunta es entonces por qué Mir pagó tan caro su error. Y la respuesta es que sus palabras tuvieron el efecto de decir que el rey está desnudo. Como en el viejo cuento de Andersen, Mir le puso palabras a un hecho vergonzoso que el poder se empeñaba en disimular.

El hecho vergonzoso que el gobierno quiere ocultar es que pasarán otros cuatro años sin que cambie nada importante en la educación. Esto ya es suficientemente atroz, porque implica que nos encaminamos a quince años de parálisis y retroceso educativo. Pero peor todavía es que este empantanamiento no sea el resultado de alguna clase de maldición metafísica, sino una consecuencia de malas decisiones tomadas por el propio gobierno: desde la decisión de mantener al frente del Codicen a un defensor del inmovilismo como Wilson Netto hasta la de enviar un presupuesto anodino al Parlamento, pasando por el doble error de declarar la esencialidad para luego no aplicarla.

La ministra Muñoz dijo en estos días que no hay crisis en educación, que no hay tensiones entre quienes gobiernan la enseñanza y que no iba a pedir la renuncia de Juan Pedro Mir. Nada de eso era cierto. Lo que sí era cierto era lo que dijo Mir. Por eso ya no está en el MEC.

Dicen que la primera baja en una guerra es la verdad. Aunque felizmente no estemos en guerra, lo mismo está ocurriendo aquí. Ya no solo la educación está en crisis. También está en crisis la confianza en quienes deben gobernarla.

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