Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Políticos y antipolítica

Una de las maneras más baratas de pasar por inteligente en este país consiste en criticar a los políticos. De hecho, hay gente que ha hecho de esa tarea casi una forma de vida.

Desde hace años, cierta cantidad de periodistas profesionales, supuestos analistas y otros opinólogos se dedican a hablar de nuestros políticos con un tono de superioridad y desprecio, asumiendo que la mayor parte de ellos son obtusos, oportunistas, venales y demagogos.

Detrás de ese discurso generalizador y descalificatorio hay a veces intenciones políticas: decir que todos son horribles es una manera de aliviar la responsabilidad que pesa sobre quienes están ejerciendo el gobierno. Pero hay todavía algo más grave. Cuando uno sigue la trayectoria de algunas de estas figuras (que hablan desde la prensa escrita o los medios electrónicos, en las redes sociales o en la academia), queda la sensación de que están a un paso del golpismo. Si nuestra clase política fuera tan patética como ellos sugieren, y si nuestros procesos de discusión y decisión política fueran tan penosos como ellos los describen, no queda muy claro por qué deberíamos seguir apostando a la democracia. Al final todo sería una gran farsa de la que se beneficiarían unos pocos inescrupulosos.

Una de las novedades que trajo la actual campaña electoral es el desembarco de una forma de hacer política muy diferente a todo lo que conocíamos en este país. Y resulta que, comparados con este nuevo punto de referencia, nuestros políticos lucen más responsables, autocontrolados y constructivos de lo que desde hace décadas vienen denunciando sus críticos.

Si hasta hoy no habían entrado en Uruguay los métodos más pesados de “campaña sucia”, no es porque no se los hayan querido vender a algunos candidatos, ni porque no hubiera dinero para pagar a los expertos en aplicarlos, sino porque los dirigentes que hubieran podido incorporar esos métodos se negaron.

Si uno mira el trabajo de elaboración programática que se hace desde hace años en los principales partidos y sectores (a cargo de técnicos que tienen cara, nombre y apellido), ahora resulta que, más allá de coincidencias o discrepancias, son formas de trabajo razonablemente serias. Y cuando uno ve algunas promesas electorales que se están haciendo desde fuera de la política tradicional, descubre que nuestros políticos de siempre son menos demagogos de lo que se supone que eran.

Nada de esto indica que nuestros dirigentes políticos sean perfectos. Desde luego que no lo son. Pero las dirigencias políticas no son perfectas en ninguna parte del mundo, como tampoco lo son las dirigencias empresariales ni sindicales.

Creer que los políticos de los países desarrollados son ejemplos vivientes de racionalidad y conducta responsable es simplemente una señal de ingenuidad y provincianismo.

La democracia uruguaya es una de las más sólidas del mundo. Por ejemplo, es una de las 20 “democracias plenas” que reconoce la célebre revista británica The Economist, luego de evaluar a 167 países. Difícilmente estaríamos en ese lugar si nuestros políticos fueran tan irresponsables y torpes como algunos sugieren.

Los predicadores de la antipolítica deberían tomar nota de estos datos. Y deberían asumir que ellos también tienen una cuota de responsabilidad si aumenta entre los uruguayos el sentimiento de desilusión hacia la política.

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