Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Política y verdad

Es uno de los diálogos más célebres de la tradición occidental, y también uno de los más citados entre quienes reflexionan sobre la política.

Es uno de los diálogos más célebres de la tradición occidental, y también uno de los más citados entre quienes reflexionan sobre la política.

Poncio Pilato, procurador romano en Judea, interroga a un revoltoso que le llevan para ser juzgado. El detenido, un tal Jesús de Nazaret, le dice que tiene una misión, y que esa misión consiste en dar testimonio de la verdad en el mundo. Entonces Pilato contesta: “¿Qué es la verdad?”. Y casi podemos ver su sonrisa irónica.

La pregunta del procurador romano es puramente retórica. Lo que está haciendo no es abrir una investigación filosófica sobre el tema sino manifestar su escepticismo y su sentimiento de superioridad. Él es el representante del César ante esos judíos a los que ve como fanáticos. Es un hombre cosmopolita y más refinado que quienes lo rodean. Y es sobre todo un animal de poder. A él no le importa la verdad, sino mantenerse en el grupo de los que mandan. Su verdad consiste únicamente en acertar los caminos que lo llevarán a ese objetivo. Todo lo demás es instrumental, incluyendo la decisión de qué hacer con ese hombre.

El vínculo instrumental con la verdad (verdad es lo que me conviene políticamente, y lo que no me conviene no es verdad) fue elevado a la categoría de programa por Maquiavelo. Pero fue especialmente justificado desde el punto de vista teórico por una larga tradición de pensadores que va desde Platón hasta Marx y Lenin.

Para quienes pertenecen a esta tradición, que yo acceda al poder y me mantenga en él es lo mejor que puede pasarle a los demás. Eso ocurre porque pertenezco a la minoría de filósofos que accede al mundo de las ideas puras, porque soy el intérprete privilegiado de la voluntad general, porque mi llegada al poder es una etapa necesaria del despliegue del espíritu absoluto o porque es un avance irreversible en el progreso de la humanidad tal como está determinado por la lucha de clases.

Cualquiera sea la explicación específica, lo importante es que mi llegada al poder (y el ejercicio monopólico que haga de él) no es solo un episodio de mi vida personal sino una etapa crucial de la historia humana. Ante un hecho de tales proporciones, lo que otros llaman “verdad” (en realidad, un conjunto de ilusiones menores) se convierte en un material políticamente maleable. La única verdad que importa es la verdad histórica, y yo soy el vector de su despliegue. Por eso estoy moralmente autorizado a manipular la información y a construir relatos que se adentren en el territorio de lo que otros llaman “falsedad”. Platón, el padre de esta confortable manera de mirar las cosas, hablaba de “mentiras nobles”.

Esta tradición de pensamiento (dramáticamente descrita, entre otros, por Arthur Koestler) es una de las fuentes en las que abreva buena parte de la izquierda latinoamericana. Por eso les resulta tan fácil deformar el pasado (por ejemplo, sostener que los Tupamaros nacieron para combatir una dictadura) o inventar antecedentes académicos inexistentes si eso ayuda a fabricar un presidenciable. No se trata de errores aislados. Se trata de una cultura política que era muy peligrosa en la época de las grandes utopías y que hoy sirve para esconder la corrupción y las ambiciones particulares.

La izquierda nacional y regional no terminarán de reconciliarse con la democracia ni con el buen gobierno hasta que no corten lazos con ese pesado lastre.

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