Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Saber perder

Por primera vez al menos desde el retorno a la democracia, un candidato derrotado en un acto eleccionario se negó a reconocer la victoria de su oponente.

La razón no es que hubiera dudas fundadas. Luis Lacalle Pou obtuvo unos 29.000 votos más que Daniel Martínez. Los votos observados son unos 35.000. Para que la ventaja de Lacalle Pou llegara a revertirse, más del 90% de los votos observados deberían ir a Martínez. Eso es aritméticamente posible pero políticamente inconcebible. En la primera vuelta electoral de octubre, Martínez recibió el 27% de los votos observados. Para cualquier analista con algo de conocimiento, la diferencia que se generó es indescontable.

La razón por la que Martínez se negó a reconocer su derrota (y, lejos de eso, alentó un exitismo desencajado) es la misma por la que optó en el tramo final de la competencia por métodos de campaña sucia: agitó cucos, difundió (o al menos dejó correr) abundante información falsa sobre las medidas que tomaría Lacalle, anunció el Apocalipsis y el Armagedón en el caso de que él no fuera el ganador. Todas esas barbaridades, como la de amenazar con un retorno a la crisis de 2002, tienen su origen en una penosa falta de decoro político y de sentido republicano. Mucho más a la altura de las circunstancias estuvo el presidente Vázquez.

Martínez privó a todos los uruguayos de tener desde el domingo pasado un presidente electo. Y seguirá privándolos hasta que la Corte Electoral anuncie los resultados. Con eso entorpeció el inicio de la transición, contaminó el clima político e introdujo un factor de incertidumbre totalmente infundado e innecesario. Solo la altura de la respuesta de Lacalle Pou impidió que tanta imprudencia e irresponsabilidad cívica se convirtieran en algo más grave.

Pero Martínez hizo algo más. Al negarse a hacer lo que desde hace mucho hacen los candidatos derrotados en este país (incluyendo algunos que perdieron por menos margen, como Alberto Volonté en 1994) Martínez está debilitando la cultura democrática y alimentando los peores reflejos de nuestra izquierda. Parecería que el hecho de que el Frente Amplio sea derrotado en las urnas es un acontecimiento inaudito que no puede aceptarse con naturalidad. Y parecería que todo vale, incluyendo el debilitamiento de nuestras mejores tradiciones republicanas, para alcanzar objetivos políticos personales.

Hasta el inicio de esta campaña, Daniel Martínez se presentaba ante la ciudadanía como una cara moderada y moderna de nuestra izquierda. Las últimas semanas, y en especial lo ocurrido el domingo, revelaron que, en realidad, encarna sus peores reflejos. A ellos agrega unas dosis de personalismo y de narcisismo como pocas veces se han visto en nuestra historia política.

La izquierda uruguaya es una gran fuerza política que, como todas las grandes fuerzas políticas, encierra virtudes y defectos. A lo largo de los años ha vivido momentos de los que se puede sentir legítimamente orgullosa y también ha vivido de los otros. Lo que pasó en la noche del domingo pasado quedará en los anales políticos de este país como uno de sus peores momentos. Los gestos desencajados de Martínez encima de ese escenario en el que había ausencias notorias, como la de Mujica, tienen mucho de símbolo. Se trata de un perfecto resumen del Uruguay político que no queremos y que ya empezamos a dejar atrás. Porque esto quedará en anécdota.

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