Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Pensar por metas

Si realmente aspiramos a que el próximo quinquenio sea un período de mejora para la educación, deberíamos esforzaron por hacer algo a lo que no estamos acostumbrados: pensar la educación en función de metas. La pregunta importante para hacerlo es: ¿dónde queremos estar dentro de cinco o diez años? Una vez que tengamos claro este punto, podremos fijar un calendario de pasos intermedios y asignar recursos en función de ese plan.

Si realmente aspiramos a que el próximo quinquenio sea un período de mejora para la educación, deberíamos esforzaron por hacer algo a lo que no estamos acostumbrados: pensar la educación en función de metas. La pregunta importante para hacerlo es: ¿dónde queremos estar dentro de cinco o diez años? Una vez que tengamos claro este punto, podremos fijar un calendario de pasos intermedios y asignar recursos en función de ese plan.

Algunas de las metas que debemos fijarnos pueden ser de carácter operativo, siempre y cuando pueda mostrarse que la disponibilidad de esos instrumentos es una condición indispensable para alcanzar nuestros objetivos.

Un ejemplo de este tipo de meta sería lograr el dictado de un número mínimo de días o de horas de clase por año. Por ejemplo, asegurar un piso de 200 días de clase completos efectivamente dictados. El tiempo de aula no es por sí sólo una garantía de calidad de los aprendizajes, pero es seguro que si no se logran ciertos mínimos no podremos aspirar a mucho.

Lo mismo vale para el presupuesto educativo y los salarios docentes. El dinero no asegura por sí mismo una educación de calidad. Un ejemplo relativamente cercano es Honduras, que llegó a gastar casi el 9% del PBI en educación sin conseguir mejoras significativas. Pero también es verdad que un presupuesto demasiado bajo, o salarios docentes poco atractivos, son un obstáculo insuperable para tener una educación de calidad. Por eso es razonable fijar ciertos mínimos a alcanzar y estar dispuestos a revisar los máximos en función de la disponibilidad de recursos. En un contexto económico menos auspicioso que el que tuvimos en los últimos años, el mínimo absoluto es no retroceder respecto de la situación actual.

Otro conjunto de metas de carácter instrumental tienen que ver con el modo en que se gasta. Por ejemplo, si efectivamente creemos en la descentralización, deberíamos proponernos que, de aquí a cinco años, el 20% del presupuesto educativo sea administrado directamente por organismos de nivel departamental o por los propios centros. Pero las metas que realmente importan no son las de carácter operativo, sino aquellas que nos fijan objetivos finales. Por ejemplo, debemos proponernos que, de acá a diez años, la tasa de egreso de la educación media para la población de entre 20 y 24 años no sea inferior al 55% e idealmente se aproxime al promedio regional que exista en esa fecha. Eso sería un gran progreso si se tiene en cuenta lo ocurrido en los últimos 20 años. Proponerse cifras más altas, como un 75 o un 80%, no es realista a la luz de lo ocurrido.

También deberíamos fijarnos metas en materia de aprendizajes. Como mínimo, deberíamos proponernos alcanzar en 2025 los puntajes en las pruebas PISA que deberíamos tener hoy si hubiéramos seguido la curva de aprendizaje de nuestros vecinos. Se trata de un objetivo modesto, pero incluye una inversión de tendencia. Un objetivo más ambicioso sería recuperar en diez años el liderazgo regional que teníamos cuando Uruguay empezó a participar en estas pruebas. Suena difícil, pero hay que intentarlo.

Cualquier acuerdo político que se quiera firmar en los próximos meses con el fin de mejorar nuestra enseñanza debería tener esta lógica de definición de metas. Sólo así evitaremos empantanarnos en discusiones ideológicas para poder rendir cuentas ante la ciudadanía.

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