Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Dos partidos viejos

El Partido Nacional uruguayo es uno de los partidos políticos más antiguos del mundo. La tradición reconoce como fecha de fundación el 10 de agosto de 1836, es decir, el día que el presidente Manuel Oribe creó la divisa “Defensores de las Leyes”.

Pero sus raíces pueden rastrearse hasta el período artiguista.

Aunque algo más joven, el Partido Republicano de Estados Unidos también es uno de los más antiguos del planeta (los estadounidenses se refieren a él como GOP, abreviación de “Grand Old Party”). Su fecha de fundación es el 20 de marzo de 1854, aunque tiene antecedentes que se remontan a los años treinta de ese siglo.

Con pocos años de diferencia, ambas colectividades enfrentaron una situación similar: la llegada de un “outsider” con antecedentes controvertidos en el mundo empresarial, que ofrecía volcar mucho dinero propio y prometía ganar las elecciones mediante una combinación de métodos que incluían un discurso despreciativo de la política tradicional, la aplicación de las técnicas más recientes de manejo de redes sociales y la contratación de expertos en campañas sucias.

En junio de 2015, Donald Trump anunció que competiría en las elecciones primarias del Partido Republicano. Sus antecedentes partidarios eran confusos (a lo largo de los años había coqueteado con varios partidos, incluido el Demócrata) y su experiencia política era nula. Pero él anunció que se lanzaba e insistió en que, a diferencia de los demás, financiaría la campaña con su propio dinero.

Trump era apenas uno entre 17 precandidatos y sus antecedentes generaban resistencias dentro de un partido que no lo reconocía como uno de los suyos. Sin embargo, tuvo éxito en reclutar gradualmente el apoyo de una parte de la dirigencia republicana. Desde la prensa se lo acusaba de utilizar su dinero para comprar apoyos políticos, aunque hubo también quienes lo hicieron por simple cálculo. Como sea, gobernadores, senadores y diputados se fueron sumando.

Trump perdió las primeras elecciones primarias en las que participó (Iowa) pero ganó las segundas (New Hampshire). Desde entonces empezó a acumular victorias. Llegado el “súper martes” del primero de marzo de 2016 (donde se elegía casi la mitad de los integrantes de la convención republicana), Trump ganó en 7 de 11 estados. En los meses siguientes ganó en algunos lugares y perdió en otros, pero siguió acumulando más delegados que sus rivales. A fines de mayo alcanzó el número que aseguraba su nominación como candidato del Partido Republicano. En enero de 2017 asumía como presidente de Estados Unidos. Desde entonces, el Partido Republicano, nominalmente en el gobierno, enfrenta una de las peores crisis de identidad de su historia.

El Partido Nacional vivió una situación similar, pero el desenlace fue muy otro. Pese a aplicar métodos similares, el “outsider” despreciativo de los políticos y de los partidos no tuvo éxito. No solo no ganó, sino que no consiguió hacer pie en la interna partidaria. Solamente uno de los muchos legisladores que tiene el Partido Nacional se sumó a su proyecto. La lista que presentó a la Convención Nacional apenas contiene nombres que sean conocidos por el ciudadano medio.

El Partido Nacional no sólo es viejo sino que demostró ser resistente ante los embates de la antipolítica. No se trata solo de un partido, sino de una tradición política muy fuerte y muy viva.

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