Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Nueva y vieja posverdad

El tema de la posverdad se ha instalado entre nosotros. O al menos eso ocurre en el mundo democrático, es decir, en aquellos países que apuestan a un debate público de calidad.

La cuestión ocupa un lugar central en los medios de comunicación, en el ámbito académico, en la agenda de los políticos. Y no pasa demasiado tiempo sin que algún hecho nos confirme que hacemos bien en prestarle atención.

Es interesante observar, sin embargo, que la posverdad no nació ayer. Su lógica y sus principales mecanismos ya fueron descritos en una novela que George Orwell publicó en los años cuarenta del siglo XX. Si Orwell pudo hacer una disección tan perfecta, es porque pudo observarla. Su modelo fue el manejo de la comunicación y del poder en la Unión Soviética de Stalin.

Los grandes totalitarismos del siglo XX practicaron la posverdad en forma sistemática. Un buen ejemplo fue la patraña de los Protocolos de Sion: un falso documento originado en Rusia (parecería que fue elaborado por la vieja policía política zarista para justificar las persecuciones a los judíos) y que luego fue utilizado por la propaganda nazi. Pese a no resistir el menor examen de alguien conocedor de la cultura judía, el texto fue presentado como prueba de la existencia de una conspiración para dominar el mundo, que habría sido decidida en una serie de reuniones secretas mantenidas por los nunca identificados "sabios de Sion". Un ejemplo de "fake news", diríamos hoy. Y un ejemplo que costó millones de vidas.

Los regímenes comunistas también cultivaron la posverdad con notable éxito. Hace pocos meses, por ejemplo, se cumplió el centenario del triunfo bolchevique en 1917 que instaló a Lenin en el poder. Y fue notable ver cómo tanta gente de diferentes convicciones aceptaba sin discutir que allí se había producido una revolución popular contra una monarquía absoluta, cuando lo que hubo fue un golpe de Estado contra un gobierno legítimo en el marco de una monarquía constitucional.

No solo los totalitarismos han fabricado posverdades. Con alguna frecuencia, también lo han hecho las democracias. Un ejemplo notable es la idea de Francia como potencia vencedora de la Segunda Guerra Mundial. La verdad es que Francia apenas luchó unos días contra Alemania, para luego capitular. Y al final de la guerra fue liberada por los estadounidenses, que llevaron en sus vehículos a De Gaulle, Leclerc y sus poquísimos hombres. Francia fue simplemente uno de los muchos países invadidos, como Holanda, Bélgica o Polonia. Ofreció menos resistencia que Finlandia y no se liberó a sí misma, como sí lo hicieron los yugoslavos. Tuvo, por cierto, una resistencia heroica, pero más combatieron los partisanos italianos. Después, el cine y las necesidades de la política internacional modificaron el relato.

¿Qué tiene entonces de diferente la nueva posverdad? Probablemente, la facilidad con que puede ser practicada como consecuencia de la evolución tecnológica. En el siglo XX, un operativo de posverdad requería el poder y la capacidad organizativa de un Estado. Por eso eran operativos centralizados. Hoy se ha vuelto un fenómeno multidireccional y disperso, porque las redes sociales lo han cambiado todo.

Tenemos los mismos riesgos de antes (porque hay gobiernos que siguen haciéndolo) más otros nuevos. El desafío es aprender a combatirlos sin sacrificar la libertad.

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