Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Negando el fracaso

Supongamos un mercado en el que existen solo dos proveedores. No importa lo que ofrezcan. Supongamos que son estufas.

Imaginemos que, por alguna razón ajena a la voluntad de ambos proveedores, ese mercado tiende a achicarse. Para seguir con el ejemplo, imaginemos que la causa es el cambio climático, que hace que la gente compre menos estufas. Para ponerle cifras, asumamos que en el correr de unos 15 años, la contracción del mercado llega casi al 15 por ciento.

En principio, los dos proveedores deberían estar en problemas: cada vez hay menos clientes, de modo que es cada vez más difícil vender estufas. Pero imaginemos que no es eso lo que ocurre.

El más chico de esos proveedores (que al principio de esta historia solo tenía el 12 por ciento del mercado) consigue ir a contracorriente de la tendencia general y tiene cada vez más clientes. Mientras el mercado se contrae en casi un 15 por ciento, las ventas del proveedor más chico crecen un 20 por ciento. En cambio, el proveedor más grande (que en el punto de partida controlaba el 88 por ciento del mercado) no solo absorbe todas las pérdidas de clientes generadas por la contracción general del mercado, sino que además pierde clientes a manos del proveedor más chico.

Al final de esta historia está vendiendo un 18% menos que al principio (es decir, tiene una pérdida mayor que la del mercado en su conjunto).

Agreguemos ahora un dato esencial: en realidad, el proveedor más grande no vende estufas, sino que las regala. La fabricación se financia por otras vías, de modo que el costo para quien las acepte es cero. En cambio, el proveedor más chico cobra por las suyas. A pesar de eso, el número de personas que prefieren las estufas del proveedor más chico tiende a crecer, aunque tengan que pagar por ellas, aunque las estufas ofrecidas por el otro proveedor sean gratuitas y aunque el número total de personas que usan estufas esté disminuyendo.

Vistos los datos del problema, la única conclusión que se puede sacar es que las personas que gerencian la principal fábrica de estufas están haciendo muy mal las cosas. Cada vez más gente rechaza su producto, aunque lo ofrezcan gratis. En el mundo real, los responsables de una empresa que tenga ese problema no durarían en su puesto. Renunciarían por vergüenza o serían destituidos por los accionistas.

Esta historia puede parecer loca, pero esto es exactamente lo que está pasando con nuestra enseñanza primaria. Durante los últimos quince años, el número total de escolares ha disminuido en unos 50 mil. Eso se debe a razones demográficas (es decir, a que hubo menos nacimientos) de modo que las autoridades educativas no tienen ninguna responsabilidad. Pero lo asombroso es que la educación privada ha tenido en estos años un crecimiento del orden del 20 por ciento. La única que pierde alumnos (porque hay menos escolares y porque se van al sector privado) es la escuela pública.

Cuando se muestran estas cifras, los defensores del oficialismo hacen extrañas piruetas. Dicen que es mentira que las pérdidas de la escuela pública se deban solo a una fuga hacia la privada (cosa que nadie dijo nunca) o, asombrosamente, dicen que esa evolución revela la mejora en los niveles de ingreso durante los gobiernos del Frente Amplio.

Lo que no se animan a preguntarse es por qué cada vez más gente prefiere pagar por lo que le están ofreciendo gratis.

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