Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Un mundo sin personas

Una de las tantas enfermedades que aquejan a nuestro debate público es la tendencia a la despersonalización.

Una de las tantas enfermedades que aquejan a nuestro debate público es la tendencia a la despersonalización.

Aquel con quien discutimos no es alguien que siente, piensa y tiene convicciones genuinas, sino un representante o mandadero de algún grupo con el que estamos enfrentados. Fulano no es Fulano, sino un típico representante de la derecha, del neoliberalismo o de los sectores favorecidos. Mengano no es Mengano, sino un portavoz del izquierdismo o de la comunidad gay.

Despersonalizar es siempre una manera de menoscabar al interlocutor. El que habla no es alguien con personalidad propia, ni mucho menos alguien digno de consideración y respeto, sino una manifestación circunstancial de intereses poderosos e impersonales. No se sabe si está actuando convencido, si lo hace de mala fe o es un tonto que no percibe el triste papel que está jugando. Lo decisivo es que su individualidad no cuenta. Su único valor y significado es el de representar a un colectivo que lo trasciende.

La despersonalización es una operación riesgosa porque nos permite sentirnos relevados de cualquier exigencia de respeto personal. Dado que mi interlocutor es un simple eco de algo más poderoso que él mismo, agredirlo no es maltratar a una persona sino debilitar a un enemigo temible. Puedo, por lo tanto, descalificarlo, difamarlo o intimidarlo sin tener que sentirme culpable. No importa ser injusto con sus puntos de vista, como tampoco importa causar dolor.

Este efecto exonerador de responsabilidades explica por qué la despersonalización siempre ha formado parte de los operativos de exterminio y represión. El oficial de la SS que mataba a un judío no estaba asesinando a un hombre, sino combatiendo una supuesta conspiración internacional. El represor cubano que encarcela o tortura no está haciendo sufrir a un opositor de carne y hueso, sino aplastando a un “gusano” que forma parte de la “contrarrevolución”.

En nuestro país, los efectos de la despersonalización no son hoy tan dramáticos, pero sí son preocupantes. Si lo que tengo adelante no es una persona, sino un representante de los sectores conservadores que quieren recuperar el gobierno para ponerlo a su servicio, entonces puedo destratarlo, atribuirle intenciones oscuras, deformar lo que dice o ponerle etiquetas descalificatorias. Nada de eso es criticable porque es parte de una guerra santa.

Lo curioso es que, si bien muchos militantes de la despersonalización no dudan en aplicar este tratamiento a sus adversarios, lo rechazan escandalizados cuando se trata de ellos mismos. Si habla alguien del bando opuesto, es legítimo ignorar su condición de persona y diluirlo en un colectivo, lo que permitirá tratarlo sin ninguna clase de consideración. Pero, cuando se trata de uno mismo, entonces habla una persona real y bien intencionada que merece respeto y lo exige.

Hay, por cierto, otros militantes de la despersonalización, que aceptan verse ellos mismos como simples peones de causas generales. Quienes ven las cosas de este modo son los fanáticos y fundamentalistas de todas las horas. Para ellos, el sufrimiento de una persona de carne y hueso es menos real que el avance o retroceso de las grandes causas. Quienes ven las cosas de esta manera tienen una visión del mundo atroz e inhumana, pero al mismo tiempo son más coherentes que quienes despersonalizan en una sola dirección.

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