Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Mujica y el escarabajo

José Mujica está terminando su presidencia del mismo modo que empezó su vida política: despreciando la Constitución. Su último aporte consistió en decir que nuestra máxima norma “parece hecha por estancieros”, porque pone algunos obstáculos a la ejecución de sus propósitos políticos (en este caso, subir los impuestos al agro).

José Mujica está terminando su presidencia del mismo modo que empezó su vida política: despreciando la Constitución. Su último aporte consistió en decir que nuestra máxima norma “parece hecha por estancieros”, porque pone algunos obstáculos a la ejecución de sus propósitos políticos (en este caso, subir los impuestos al agro).

Es difícil resumir todo lo que anda mal detrás de esta declaración. Para empezar, no es verdad que la Constitución impida aumentar los impuestos al agro. Eso ya ocurrió en el pasado. El presidente presenta como un bloqueo institucional lo que fue un bloqueo político dentro de su propio gobierno. Pero, mucho más importante que eso, nuestra Constitución no fue hecha ni mandada a hacer por estancieros.
De hecho, los uruguayos tenemos el honor de contar con una larga tradición de juristas de prestigio internacional, que en general no se caracterizaron por ser terratenientes ni por tener mayores vínculos con el sector.

El prestigio de esos nombres es algo de lo que deberíamos sentirnos orgullosos todos los uruguayos. Sólo que, para poder hacerlo, es preciso ver al orden jurídico como algo más que un conjunto de formalidades molestas y al Estado como algo más que un instrumento de dominación entre clases. Sólo quienes entienden al orden jurídico como parte del esfuerzo por construir una convivencia civilizada pueden apreciar el valor de nuestra propia tradición constitucional.

Pero lo peor no es el error fáctico de vincular a la Constitución con los estancieros. Lo peor es que, aun en el caso de que fuera cierto, no sería muy relevante. A las normas hay que juzgarlas por lo que valen, más allá de los avatares de su origen histórico. En el caso contrario, deberíamos descalificar al habeas corpus, porque sus orígenes se remontan a los conflictos entre el rey de Inglaterra y una nobleza que pensaba en sus propios intereses.

Pero ocurre que el habeas corpus es una gran idea, cuyo valor no depende del contexto en el que surgió. Por eso ha sido incorporada al diseño institucional de los países democráticos, al punto de que su ausencia es un claro indicador de autoritarismo.

Razonando en función del origen, el presidente Mujica debería desprenderse cuanto antes de su hoy famoso “escarabajo” Volkswagen. Como cualquiera sabe, la producción de ese auto fue una pieza clave de la política industrial de Adolf Hitler, así como de sus esfuerzos por seducir al pueblo alemán. ¿No debería concluir Mujica que tener un “escarabajo” es algo políticamente inaceptable porque se trata de un auto hecho por los nazis? Al menos en este caso, estaría partiendo de una afirmación cierta.

Desde luego, no es razonable pedir al presidente Mujica que saque una conclusión semejante. Sea cual sea su origen, el “escarabajo” ha resultado ser un gran auto y se ha cargado de connotaciones que no tienen nada que ver con las intenciones de Hitler. Ser capaz de separar ambas cosas es parte de la madurez moral y psicológica que esperamos encontrar en un adulto.

Lo mismo debería ocurrir con las normas. Si una norma es buena, como el habeas corpus, lo es con independencia del contexto en el que nació. Y si es mala merece ser cambiada, siempre que expliquemos por qué es mala y por qué es preferible su sustitución.
Eso es justamente lo que hacen los constitucionalistas de los que no se siente orgulloso el presidente Mujica.

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