Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Cómo matar la discusión

El clima electoral en el que venimos viviendo permite confirmar un dato preocupante: nuestra cultura de debate está en problemas. En algunos casos asistimos al agravamiento de viejos vicios, como la descalificación del que piensa distinto.

El clima electoral en el que venimos viviendo permite confirmar un dato preocupante: nuestra cultura de debate está en problemas. En algunos casos asistimos al agravamiento de viejos vicios, como la descalificación del que piensa distinto.

Pero hay también vicios nuevos. Por ejemplo, por primera vez en nuestra historia política se instaló la práctica organizada del acoso en las redes sociales.

Si hay quienes se embarcan en este tipo de prácticas, es porque esperan beneficios. Pero ese cálculo requiere que solo ellos actúen así. Si en una sociedad todos hiciéramos lo mismo, la discusión civilizada colapsaría. Y tras ese colapso se derrumbaría la propia política democrática, porque la democracia no es solo un régimen fundado en la regla de la mayoría, sino un régimen en el que esa regla se aplica luego de haber procesado un debate público mínimamente sano.

Si esa condición no se cumple, no estaremos ante una democracia sino ante una dictadura de la irracionalidad y del prejuicio.

De modo que, si queremos destruir el debate público (y con él la convivencia democrática) bastaría con generalizar algunas prácticas de las que hoy solo abusan algunos. Imaginemos, por ejemplo, una sociedad en la que todos aplicaran las siguientes reglas:

Regla número uno: descalifique a su adversario por ser quién es y no por lo que dice. No importa si lo que dice Fulano es correcto o incorrecto. Lo que importa es que lo dice Fulano. Algunos dirán que Fulano no merece crédito porque es pituco, neoliberal o de derecha. Otros dirán que no lo merece porque es plancha, homosexual o sindicalista. Esos son detalles. Lo crucial es que, si todos descalificamos, ya nadie podrá intercambiar ideas.

Regla número dos: atribuya intenciones oscuras. Fulano no defiende cierta idea porque crea en ella, sino porque tiene una agenda oculta. El contenido de esa agenda variará según la teoría conspirativa que se elija, pero siempre quedará claro que las palabras del otro son cortinas de humo. En un mundo así, lo dicho pierde todo valor.

Regla número tres: tribalice. El asunto es entre “nosotros” y “ellos”. Nosotros somos los buenos y ellos los malos. Para marcar los límites de pertenencia a la tribu, nada mejor que usar etiquetas de alto impacto emotivo. “Ellos” no son solo quienes piensan distinto, sino “la derecha”, “el neoliberalismo”, “los enemigos de clase”. O también “los zurdos”, “los ultras”, “el comunismo”. Transformar las discrepancias ciudadanas en una guerra de barras bravas nos deja a todos sin debate.

Regla número cuatro: deforme lo que dice el otro. Fabrique un resumen tendencioso. Cite una frase fuera de contexto. Sírvase de un ejemplo dicho al pasar para convertirlo en el centro del mensaje. Ignore lo que no le conviene. De este modo, nadie discute con un interlocutor real, sino con una caricatura. Lo que cuenta no es la verdad sino las victorias psicológicas.

Regla número cinco: despersonalice. No vea a sus adversarios como individuos que piensan y sienten, sino como mandaderos de un colectivo. Fulano no es Fulano, sino un típico representante de los sectores conservadores. Mengano no es Mengano, sino un portavoz de la derecha (o de la izquierda). Así será más fácil liberarse de cualquier exigencia de respeto personal.

¿Estamos tan lejos de un mundo así? Basta un poco de atención para ver que estas reglas se aplican todos los días.

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