Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Lincoln Maiztegui

Fue un ajedrecista de nivel internacional, y un analista capaz de cautivar a los seguidores de ese arte desde la columna que durante años publicó en El País de Madrid. También fue capaz de agarrarse a golpes en medio de una partida, lo que le valió una sanción que lo dejó largo tiempo fuera del circuito. (Su relato de ese inconcebible episodio era tan descacharrante como el argumento que usaba para intentar justificar su conducta: “el ajedrez es un deporte terriblemente violento”).

Fue un ajedrecista de nivel internacional, y un analista capaz de cautivar a los seguidores de ese arte desde la columna que durante años publicó en El País de Madrid. También fue capaz de agarrarse a golpes en medio de una partida, lo que le valió una sanción que lo dejó largo tiempo fuera del circuito. (Su relato de ese inconcebible episodio era tan descacharrante como el argumento que usaba para intentar justificar su conducta: “el ajedrez es un deporte terriblemente violento”).

Fue un melómano apasionado por Mozart y por el canto lírico. También era capaz de ejecutar muy bien la guitarra y de arriesgar los pocos bienes materiales que tenía en un intento fallido por hacer más rica la cartelera musical de esta ciudad.

Fue un docente de esos que no se olvidan nunca, capaz de encantar a generaciones de alumnos hablando de los mismos temas que resultaban horriblemente aburridos en boca de otros.

Fue un periodista excepcional, que enriqueció con su pluma inimitable a un diario que es competencia de este diario (y qué lindo es tener enfrente a alguien de ese tamaño).

Muchos pensamos que también fue historiador. Él lo negaba, y argumentaba esa negación con cuidado. “Los historiadores -decía- hacen cosas que yo no hago, como trabajar con documentos originales. Yo leo lo que los historiadores escriben, me formo opinión y cuento los hechos como los entiendo”. Cuando se le escuchaba dar esta explicación, no había en su tono nada parecido a una disculpa. No se estaba poniendo por debajo de nadie sino marcando límites entre profesiones diferentes. Cuando él escribía sobre temas históricos lo hacía con el mismo enfoque que utilizaba para escribir columnas sobre temas de actualidad o para defender a su adorado Club Nacional de Fútbol. Lincoln era un maestro en el arte de leer para los demás.

Fue un blanco de alma y un herrerista de todas las horas. En algún período de su juventud creyó, como creyeron otros blancos herreristas, que el camino para el país que soñaba pasaba por el socialismo. Eso le costó persecución y exilio. Pero nunca intentó sacar provecho de la cuota de dolor que le había tocado, como tampoco se ensañó demasiado con esa izquierda que lo había desilusionado profundamente. Lo que primaba en él era el sentimiento gozoso de haber vuelto a su querido Partido Nacional.

La muerte de Lincoln Maiztegui es, ante todo, la partida de un hombre bueno y noble, generoso con su tiempo y con su saber inmenso, capaz de grandes broncas y de grandes afectos. También es una pérdida enorme para la cultura de este país, cada vez más pobre en ideas, cada vez más superficial, cada vez más previsible. Lincoln era lo contrario de todo eso. Por esa razón, y más allá de su total e inimitable originalidad, terminó por convertirse en uno de los últimos embajadores de un Uruguay que se va desvaneciendo en la chatura y en la vulgaridad.

Hay un breve cuento de Borges que habla de la muerte en Inglaterra de un viejo campesino sajón. Ese era el último hombre que había visto los viejos ídolos y sacrificios que habían sido desplazados por la llegada del Cristianismo. En sus retinas había imágenes que ya nadie volvería a ver. Borges describe su agonía y dice: “el mundo será un poco más pobre cuando este sajón haya muerto”.

Así estamos en este país desde el viernes pasado. Mucho más pobres, porque se murió Lincoln Maiztegui.

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