Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Juzgarlo todo

Uno de los cambios que trajo la revolución cultural de los años sesenta fue una mayor tolerancia hacia las elecciones y formas de vida de los demás.

Aquel quiebre puso fin a un mundo donde una separación matrimonial podía equivaler a quedarse sin amigos y el hecho de ser homosexual podía arruinar una carrera profesional. Desde entonces y durante medio siglo, las sociedades occidentales se volvieron menos juzgadoras y menos condenadoras de las opiniones y de las formas de vida que cada uno eligiera.

El cambio parecía irreversible, pero resulta que no es así. Hoy vuelve a juzgarse todo, y se emiten condenas colectivas con facilidad y contundencia. Tanto en la vida real como especialmente en las redes sociales, se despliegan patrullas morales a las que les alcanza una opinión políticamente incorrecta, o simplemente un uso del lenguaje que han pasado a considerar inaceptable, para lanzar olas de indignación y escándalo.

Esta vuelta al pasado no siempre se percibe, porque el envoltorio es diferente. En los años cincuenta, quienes emitían juicios censuradores y organizaban la condena social eran los conservadores políticos y morales. Hoy, quienes lo hacen se presentan como la parte más avanzada y progresista de la sociedad. Pero esa diferencia superficial esconde un mismo sentimiento de superioridad moral, una misma facilidad para autoasignarse el papel de juez supremo y una misma insensibilidad hacia las consecuencias que puede generar la presión social.

Hace medio siglo, los casos desviados eran acusados de depravación, atentado a las buenas costumbres o ateísmo disolvente. Hoy, aquellos que quedan en el banquillo son acusados de ser defensores del patriarcado, enemigos de la nueva agenda de derechos o etnocentristas cómplices de genocidios. Pero lo que se mantiene es una misma facilidad para pasar raya y juzgar, sin abrir ningún diálogo ni atender a ninguna complejidad. También es similar la rapidez y ferocidad con la que se organizan las condenas colectivas.

Formarnos una opinión sobre el valor moral de personas, acciones o situaciones es una de las tareas más serias a las que podemos dedicarnos los seres humanos. También es una de las más delicadas. Eso se debe a que la realidad siempre es complicada y a que ninguno de nosotros está en condiciones de subirse a un pedestal para emitir veredictos perfectos.

En cuanto asumimos las dificultades del juicio moral, nuestras evaluaciones tienden a cargarse de prudencia y empatía. Los veredictos tajantes se vuelven raros y aparecen los matices. A veces simplemente preferimos abstenemos de juzgar, no porque nos parezca poco importante formarnos una opinión sobre lo ocurrido, sino porque no nos sentimos en condiciones de absolver ni de condenar a nadie: no tenemos suficiente información, nos falta una mejor comprensión de las particularidades de la situación, nuestros criterios de evaluación no se ajustan con facilidad al caso. Todo eso forma parte de lo que usualmente llamamos madurez moral.

Nada de esto resulta familiar para las nuevas generaciones de comisarios morales. Para ellos todo es nítido y definitivo. Unos pocos datos no siempre exactos alcanzan para dar rienda suelta a la santa indignación. Y enseguida invitan a otros a indignarse con ellos, porque eso no solo los hace sentirse puros, sino también más fuertes. Todas cosas que ya sabemos cómo terminan.

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