Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Izquierda y derechos

La izquierda regional habla hoy el lenguaje de los derechos. Es difícil escuchar a sus militantes y dirigentes sin que la palabra aparezca cientos de veces. De hecho, algunos hablan como si la noción fuera parte de su patrimonio ideológico, o como si tuvieran el mérito histórico de haberla instalado en la vida política. Pero la verdad es muy otra.

La izquierda regional habla hoy el lenguaje de los derechos. Es difícil escuchar a sus militantes y dirigentes sin que la palabra aparezca cientos de veces. De hecho, algunos hablan como si la noción fuera parte de su patrimonio ideológico, o como si tuvieran el mérito histórico de haberla instalado en la vida política. Pero la verdad es muy otra.

La noción de derechos, en el sentido general en el que hoy la usamos, es relativamente nueva. Ni los griegos ni los romanos la conocieron. Su consolidación ocurrió a lo largo de un proceso que incluye la Magna Carta de 1215, los trabajos de la Escuela de Salamanca, las revoluciones inglesas de 1648 y 1688, la estadounidense de 1776 y la francesa de 1789.

La noción moderna de derechos fue instalada en el corazón de la vida política por los liberales de los siglos XVII y XVIII. Políticamente es una creación del liberalismo. La izquierda, en cambio, la rechazó durante muchísimo tiempo. Marx escribió en contra de los derechos proclamados por los revolucionarios franceses porque los consideraba la expresión doctrinal del egoísmo burgués. Un siglo más tarde, la izquierda marxista y revolucionaria de los años 60 y 70 del siglo XX todavía despreciaba a los derechos por considerarlos parte del andamiaje ideológico de la democracia “formal”.

Las duras experiencias autoritarias de los años 70 hicieron ver aun a los más críticos que los derechos son barreras de protección muy importantes y que, cuando caen, lo único que hay es mucho dolor y muchas muertes. Esa es la semilla de un cambio que se ha hecho visible ahora: la izquierda regional se ha apropiado del lenguaje de los derechos, hasta el punto de querer utilizarlo como una marca distintiva. Ellos se diferenciarían del resto, en que defienden los derechos como nadie. Todas las críticas y rechazos anteriores fueron empujados al olvido.

Pero la izquierda regional no sólo se ha apropiado del lenguaje de los derechos, sino que lo usa de un modo que va desdibujando la idea. Veamos algunos ejemplos.

Originalmente, el titular de los derechos era el individuo. Ahora, en cambio, se asignan derechos a colectivos. Esto anula una función esencial de los derechos, que es proteger a la persona de los abusos que eventualmente provengan de los colectivos a los que pertenece, así como a quienes no pertenecen a ningún colectivo.

En la visión original, los derechos tienen que ser pocos para ser efectivos. Como decía el filósofo Ronald Dworkin, los derechos son como los comodines en un mazo de cartas: tienen la capacidad de bloquear a cualquier otra carta, para lo cual es esencial que no sean muchos. Un mazo sólo compuesto de comodines es lo mismo que un mazo sin comodines.

La izquierda, en cambio, sostiene que fortalecer los derechos es reconocer cada vez más derechos. Pero esto no conduce a su fortalecimiento sino a su banalización. Si queremos fortalecer los derechos, la buena estrategia es incluir a la gente que históricamente ha quedado excluida de su protección. No más derechos, sino los mismos derechos para más gente.

Estos cambios están pasando ante nuestros ojos casi sin que nos demos cuenta. Pero el efecto acumulado está erosionando la cultura de los derechos tal como la conocemos. Por eso deberíamos prestar más atención al tema.

Lo que está en juego es el modo en que concebimos nuestra propia condición de ciudadanos.

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