Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

El Frente en su laberinto

Aunque literalmente sea falso, es correcto como metáfora decir que la mente es un músculo. No es que esté configurada de una vez y para siempre, y luego opere de un único modo.

Más bien ocurre que nuestros hábitos mentales van influyendo sobre el funcionamiento de nuestra mente, tal como nuestros hábitos físicos (por ejemplo, hacer deporte) van configurando nuestro cuerpo.

Si uno tiene el hábito de ir al fondo de los problemas y buscar lo que puede haber de verdad en lo que dicen aquellos con quienes discrepamos, esas actitudes terminarán por convertirse en predisposiciones, es decir, en las maneras en las que nuestra mente enfrenta la realidad. En cambio, si nos dejamos hundir en la pereza mental y solo prestamos atención a aquellos que confirman lo que ya pensábamos, esos hábitos terminarán por moldearnos.

Esa es la trampa en la que está encerrado el Frente Amplio. Hace ya varias décadas que una gran parte de quienes se autodefinen como de izquierda (y una porción muy visible de sus dirigentes) viven en un mundo autorreferido, donde solo se escuchan voces redundantes. La pasión por entender fue sustituida por la necesidad de sentirse del lado de los buenos. La autocrítica apenas existe y muchas ideas han pasado a la categoría de dogmas.

Un efecto de esta manera de funcionar es la compulsión por descalificar. La reacción usual ante cualquier voz que resulte incómoda consiste en descartar a quien habla. No hace falta examinar lo que se dice, porque el solo hecho de ser dicho por esa persona, partido u organización es suficiente para poder ignorarlo. De hecho, es frecuente ver a mucha gente de izquierda buscando desesperadamente el atajo descalificador que les ahorrará el trabajo de pensar. Lo que acaban de escuchar puede ser desechado porque quien habla es oligarca, neoliberal o de derecha.

La apelación constante a este recurso conduce a la atrofia progresiva de ese músculo metafórico que es la mente. Si uno se pasa años cerrando los oídos ante cualquier voz que no repita los dogmas de la tribu, el resultado es el empobrecimiento intelectual. Todo se reduce a la rápida búsqueda y colocación de etiquetas descalificadoras. Una segunda consecuencia es la generación de un falso sentimiento de superioridad. Si yo me paso años descalificando a todos los demás, termino por convencerme de que mi tribu tiene el monopolio de la inteligencia y la pureza moral. No importa cuántos indicios se acumulen en contra de esa idea. Simplemente, es un axioma que nosotros somos los únicos respetables y bienintencionados.

Como los hábitos mentales son difíciles de cambiar, esos reflejos siguen operando aunque se vuelvan inconvenientes. Eso es lo que le pasa al Frente Amplio. Todo el mundo sabe que de las próximas elecciones no saldrá ningún gobierno con mayoría parlamentaria propia. Eso obligará a gobernar en coalición. Pero los dirigentes del Frente Amplio no pueden parar de descalificar. Lo hace incansablemente la señora Villar. Lo hace Daniel Martínez, que un día llama a dialogar y al día siguiente trata de mentiroso al principal líder de la oposición. Lo hace desde su infinita soberbia el ministro Astori.

Lo que ninguno de ellos parece entender es que, si todos los demás son burros y mentirosos, entonces no pueden ser socios. Y la pregunta es, ¿con quién gobernaría el Frente Amplio si ganara las elecciones?

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