Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Formación docente

La pregunta sobre si debemos o no crear una Universidad de la Educación está mal hecha. Lo que realmente debemos preguntarnos es cuál es la mejor manera de organizar la formación de nuestros futuros docentes y el perfeccionamiento de los que enseñan ahora. La creación de una Universidad de la Educación es solo una de las posibles respuestas. Pero no es la única, ni es obvia, ni es la habitual en los países que están consiguiendo mejores resultados educativos.

La pregunta sobre si debemos o no crear una Universidad de la Educación está mal hecha. Lo que realmente debemos preguntarnos es cuál es la mejor manera de organizar la formación de nuestros futuros docentes y el perfeccionamiento de los que enseñan ahora. La creación de una Universidad de la Educación es solo una de las posibles respuestas. Pero no es la única, ni es obvia, ni es la habitual en los países que están consiguiendo mejores resultados educativos.

Lo que hace falta es considerar la cuestión en toda su amplitud, en lugar de pasar rápido por ella y desechar todas las respuestas menos una. Para hacerlo, debemos empezar por identificar los principales problemas que nos están desafiando. Y es argumentable que esos problemas son cuatro.

En primer lugar, tenemos un problema de pérdida de prestigio de la profesión. Ser maestro o profesor de la educación media es hoy menos valorado que ser informático, periodista o contador. Esto trae una serie de malas consecuencias para los propios docentes (por ejemplo, la sociedad ve como normal que se les pague menos) y también para los alumnos (cuanto menos prestigio tiene la docencia, menos probable es que los alumnos se encuentren con docentes altamente motivados). No por casualidad, países que han tenido mejoras importantes en sus rendimientos educativos (desde Finlandia hasta Singapur), han empezado por fortalecer el prestigio de la profesión docente.

En segundo lugar, tenemos un problema de calidad. Esto no significa que todos nuestros docentes (ni una gran proporción) tengan un desempeño por debajo de lo aceptable, pero sí significa que globalmente no estamos consiguiendo los niveles de calidad que necesitamos. La prueba es muy simple: no existe algo que pueda llamarse buena docencia con independencia de lo que aprendan los alumnos. Y las pruebas PISA nos indican que casi la mitad de nuestros alumnos de 15 años no están alcanzando niveles de suficiencia mínima. Algo está fallando.

En tercer lugar, tenemos un problema de cantidad: el país tiene hoy un grave déficit de docentes titulados. El número de maestros que se reciben por año es hoy mucho más bajo que el de hace una década. Las tasas de deserción en los centros donde se forman los docentes para la enseñanza media son pavorosas.

El cuarto problema es un exceso de homogeneidad pedagógica. Hoy vivimos en un mundo en el que conviven cada vez más estrategias orientadas a generar aprendizajes de calidad. Esas estrategias se diferencian mucho entre sí porque también se diferencian los alumnos y sus contextos. Pero Uruguay es, comparativamente, un país donde todos los docentes hacen las cosas de maneras muy parecidas entre sí. Eso dificulta la exploración de mejores prácticas y el logro de mejores resultados.

Preguntarse por la mejor forma en que podemos organizar la formación docente significa buscar soluciones que nos permitan responder a estos cuatro desafíos en forma más o menos simultánea. Y no es para nada evidente que el camino sea la creación de una Universidad de la Educación como la que propone el gobierno. Por lo pronto, esa es una muy mala manera de enfrentar el último problema. Y es probable que también agrave el primero, si la creación de esa institución no va acompañada de un exigente proceso de mejora académica.

En este contexto, vale la pena preguntarse si no hay mejores opciones.

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