Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Una falsa Universidad

El oficialismo está intentando presentar su proyecto de Universidad de la Educación como un avance en términos de descentralización: con la creación de la UNED, por primera vez habría una universidad con presencia en todos los departamentos.

Es una promesa atractiva, pero falsa. Porque lo que estaríamos haciendo no es crear una universidad, sino colgar un cartel con ese nombre en la puerta de los actuales centros de formación docente, sin cambiar lo que hay adentro. Esa es una buena receta para crear una institución con bajo reconocimiento académico y social.

El Consejo de Formación en Educación (como se llama hoy a la formación docente) se ocupa de formar a unos 25.000 estudiantes en una red nacional que incluye 22 institutos de formación docente, 6 centros regionales de profesores y 5 grandes institutos ubicados en Montevideo (uno de los cuales es el IPA).

Convertir a esa red en una institución universitaria capaz de asegurar una misma calidad académica en todas sus sedes sería una tarea difícil en cualquier parte del mundo. Para lograrlo habría que definir estándares comunes, crear un sistema de evaluación permanente, desarrollar programas de movilidad de docentes y estudiantes, y muchas cosas más.

Si este esfuerzo no se hace seriamente, solo caben dos resultados: o bien las debilidades que existan en parte de las sedes terminarán devaluando el conjunto de los títulos emitidos por la UNED (lo que perjudicará a todos los egresados), o bien se terminará distinguiendo entre sedes "clase A" y "clase B", lo que destruirá la idea de una sola institución.

A esto se suma que los actuales centros de formación docente no están en una situación de fortaleza académica que facilite la transición hacia la vida universitaria. No es que no haya gente seria. Por cierto que la hay, como también hay de la otra. El problema es que ser profesor universitario es un rol profesional específico, que en su mejor versión incluye la realización de tareas de investigación dentro de ciertos estándares de excelencia.

Nuestra formación docente está lejos de esa realidad. Una manera de verificarlo consiste en ver cuántos formadores de docentes que dictan clase en institutos dependientes del Consejo de Formación en Educación integran hoy el Sistema Nacional de Investigadores (un organismo dependiente de la ANII, que remunera a investigadores que han conseguido acreditar una producción investigativa de calidad).

De los 1.521 investigadores activos que revistan en el SNI, solamente 7 mencionan como institución principal a alguno de los centros de formación docente que integrarían la UNED. Siete investigadores en un cuerpo docente que atiende a más de 20 mil estudiantes es muy poco. Para dar algunas referencias: la Facultad de Sicología de la Universidad de la República tiene la mitad de estudiantes, pero cuatro veces más profesores admitidos como investigadores del SNI. La Facultad de Humanidades y la Facultad de Ciencias Sociales de UdelaR tiene cada una unos 5 mil alumnos y unos cien profesores en el SNI.

Creer que nuestros centros de formación docente pueden ser convertidos por ley en una universidad es ingenuo. Y creer que ese puede ser el punto de partida de un proceso, en vez del punto de llegada, es poner la carreta delante de los bueyes. Por este camino solo estaremos engañando a la población del interior, que merece mucho más.

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