Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Falsa sabiduría

El fin de semana pasado, en un acto del MPP en Casavalle, el expresidente Mujica volvió a hacer gala de esa falsa sabiduría que le ha ganado el aplauso de quienes lo miran desde lejos.

En un pasaje de su discurso dijo: “En una sociedad en la que nos plantean que si no sos rico fracasaste, es muy fácil que los gurises se nos tuerzan, porque están presionados por una sociedad consumista”. Y luego agregó: “Nos plantean que la felicidad es tener y rápido, sin esperar. Y muchos gurises se terminan perdiendo parte de la vida”.

Detrás de estas palabras aletean varios mitos del pensamiento mujiquista. El primero es esa simplificación que dice que vivimos en una sociedad que dirige un único mensaje a sus miembros. En realidad, cualquier sociedad democrática que consideremos es una sociedad de consumo, pero también es una asociación política que intenta respetar los derechos, una comunidad que fomenta múltiples formas de actividad cultural, un ámbito de diálogo en el que conviven diversos mensajes morales y religiosos. La realidad es más compleja y contradictoria que lo que sugiere Mujica. Por eso es más interesante y más cargada de desafíos.

También se insinúa en sus palabras el mito rousseauniano que identifica la austeridad y la simpleza con la pureza moral, y el aumento de los niveles de bienestar con la degradación y la violencia. Tampoco en este caso los hechos confirman su visión. La historia nos muestra muchos ejemplos de sociedades simples y austeras que al mismo tiempo fueron brutales, arbitrarias y discriminadoras.

Pero no hace falta salir a buscar antecedentes lejanos para mostrar que la visión de Mujica es una caricatura insostenible, solo apta para generar en quienes la aceptan la sensación confortable de pertenecer a la pequeña minoría de los buenos y puros. Alcanza con mirar el mundo de hoy para ver que las cosas no son como él las describe.

Si el consumismo generara una presión incontrolable que condujera a los jóvenes a “torcerse”, debería ocurrir que, a mayor consumo, más altas fueran las tasas de delincuencia juvenil, mayor fuera el abandono escolar y más violenta fuera la convivencia. Pero no es eso lo que ocurre. En muchos países desarrollados, donde las oportunidades de consumo son mucho más altas que las nuestras, la delincuencia juvenil es más baja, casi todos los jóvenes terminan la enseñanza media y la convivencia es menos violenta. Creer que el consumo alcanza para descarriar a las nuevas generaciones es tan insostenible como afirmar que el problema de la basura se debe al aumento del consumo. En ese caso, Londres, París o Nueva York deberían estar mucho más sucias que Montevideo. Pero es exactamente lo contrario.

Lo peor de la explicación de Mujica no es esta olímpica ignorancia de los hechos, sino su efecto de diluir las responsabilidades. Si el delito juvenil o el abandono masivo de los estudios se deben al consumismo, entonces nosotros no somos responsables. No hay nada que hubiéramos podido hacer para evitarlo. Si las sociedades son cada día más violentas (cosa que no es cierto, al menos en Occidente) entonces no somos responsables del desastre de las cárceles. Y así sucesivamente.

Por cierto, José Mujica no está solo en esto. Él es solo la cara más visible de una izquierda gobernante que se ha vuelto experta en diluir sus responsabilidades.

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