Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Eduy21 y la democracia

Para que ocurriera lo que ocurrió el miércoles en el Salón de los Pasos Perdidos tuvieron que pasar muchas cosas.

Tuvo que pasar que un partido político llegara por primera vez al gobierno y levantara una ola de grandes expectativas. Tuvo que pasar que ese gobierno se sirviera de su mayoría parlamentaria para darse la Ley de Educación que quiso, sin buscar acuerdos con la oposición. Tuvo que pasar que ese gobierno invirtiera en educación cantidades de dinero nunca vistas, diera a los sindicatos de la enseñanza un poder que hasta entonces no habían tenido, reformara profundamente la formación docente e introdujera prácticas desconocidas hasta ahora, como el "pase social".

Tuvo que pasar que transcurriera bastante más de una década sin que casi nada de eso funcionara, como lo muestran, entre otras cosas, los resultados de las mediciones de aprendizajes nacionales e internacionales, la caída abrupta del número de maestros que se titulan cada año, la inmovilidad de la tasa de egreso de la educación media y el deterioro de la convivencia en los centros de estudio.

Tuvo que pasar que el partido de gobierno anunciara en la última campaña electoral que iba a cambiar el ADN de la educación, y que presentara a algunas figuras con voluntad renovadora y fuertes credenciales técnicas, para luego atarles las manos y finalmente expulsarlas sin un gesto de agradecimiento. Tuvo que pasar que, una y otra vez, las principales autoridades educativas dejaran bien claro con sus palabras y sus gestos que no estaban dispuestas a pagar el más mínimo costo para intentar nada parecido a un cambio. Tuvo que pasar que la oposición asumiera que no alcanza con criticar lo que anda mal ni limitarse a señalar responsabilidades, porque no es así como se construyen soluciones alternativas. Y tuvo que pasar que gente vinculada al oficialismo asumiera que la valorización de la educación y la voluntad de cambio se distribuyen de maneras que no coinciden con los límites entre partidos políticos.

Esto último puede parecer obvio, pero hubo que recorrer el camino. Eso obligaba a olvidar roces pasados, a dejar de lado la cuestión de las responsabilidades personales, a guardar las libretas de facturas (todos tenemos una) y obligarse a hablar de lo que se puede hacer de aquí en adelante. Así es como se construyen puentes.

Es verdad que todo ha sido tremendamente lento. Es verdad también que hasta ahora silo se ha recorrido una parte del camino, y todavía quedan etapas difíciles. Es cierto que esas demoras tienen costos que pagan los más débiles. Pero la lentitud (y aun la lentitud exasperante) es a veces inseparable de la vida democrática. La construcción de convergencias, la búsqueda de acuerdos sostenibles, la puesta en marcha de procesos colectivos, son cosas que llevan tiempo. Hay, por cierto, otras maneras de hacerlo. Pero esas otras maneras, o bien son autoritarias, o bien conducen a resultados que no se sostienen en el mediano plazo.

El miércoles pasado, en el Salón de los Pasos Perdidos, pasó algo muy especial. No es seguro que de aquí salgan todas las soluciones que necesita nuestra educación (en esta vida hay muy pocas cosas seguras), pero no hay duda de que se trata de un camino alentador y democrático. Quienes no son capaces de verlo, tanto si están en el oficialismo como en la oposición, se están perdiendo algo importante.

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