Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Dolor y respeto

El grave quebranto de salud del expresidente Jorge Batlle ha generado una ola de dolor y respeto en todo el país. Pero también están los que, en estas horas tan críticas, no han sido capaces de detener sus ataques políticos desde las redes sociales. Felizmente son pocos y no representan a nadie, pero hay razones para no ignorarlos.

El grave quebranto de salud del expresidente Jorge Batlle ha generado una ola de dolor y respeto en todo el país. Pero también están los que, en estas horas tan críticas, no han sido capaces de detener sus ataques políticos desde las redes sociales. Felizmente son pocos y no representan a nadie, pero hay razones para no ignorarlos.

Poco antes de morir, Umberto Eco criticaba a las redes sociales por proporcionar una especie de megáfono a “legiones de imbéciles” que hasta ahora no eran escuchados por nadie. Puede que haya algo de eso. Pero los imbéciles nunca son tantos y, al menos en nuestro caso, hay motivos para pensar que estamos ante la manifestación de una cultura.

Los ataques de quienes no se detienen ante el dolor ni ante la fragilidad humana siguen ciertas pautas. Una de ellas es la disolución de las personas. Quien sufre la enfermedad o ve acercarse la muerte no es una persona de carne y hueso, con su mundo de afectos y su historia intransferible, sino una abstracción que puede ser atacada como se ataca a una idea. No se trata del hijo, cónyuge, hermano o padre de alguien, sino de “un representante de la derecha” o “un integrante de las clases privilegiadas”. La obsesión por el poder lleva a la politización extrema, y la politización extrema termina en deshumanización.

Otro rasgo de esa cultura es la desaparición de la frontera entre política y moral. Quien defiende ideas políticas que no son las mías no es solamente mi adversario sino un ser moralmente despreciable. Por eso merece ser objeto de mi santa indignación. Puedo descalificarlo y hasta insultarlo, porque mi objetivo es eliminarlo políticamente. No estoy obligado a reconocerle méritos ni mucho menos a condolerme, porque no pertenecemos a la misma raza. Yo pertenezco al bando de los buenos que quieren lo mejor para la sociedad y él pertenece al bando de los malos que sólo persiguen intereses mezquinos. Esta división maniquea no admite dudas, ni siquiera ante la evidencia de numerosas imperfecciones en el supuesto bando de los buenos.

Esta visión sólo aparece en toda su crudeza entre los “imbéciles” de los que hablaba Eco. Pero el punto importante es que ellos no fabrican su propio libreto. Lo esencial de lo que dicen les es proporcionado por dirigentes políticos que practican la descalificación y el maniqueísmo moral por razones tácticas, es decir, porque creen que les conviene. Esos dirigentes son suficientemente sofisticados como para saber que el mundo no es tan simple, pero prefieren no tener en cuenta que sus palabras van a ser tomadas en serio por otros.

Los líderes políticos tienen una responsabilidad inmensa, porque las maneras en las que actúan y se expresan establecen modelos de lo que se va a considerar socialmente admisible. Cuando hablan no sólo hablan, sino que hacen escuela. Y lo mismo pasa cuando actúan. Si nuestros dirigentes no asumen esta responsabilidad, nuestra convivencia va a deteriorarse.

El expresidente Batlle vive horas muy críticas. La inmensa mayoría de los uruguayos nos condolemos y presentamos nuestros respetos ante su larga y fecunda vida. Los pocos que no son capaces de cesar sus ataques no sólo no entienden nada de democracia, sino que se han vaciado de humanidad. Es responsabilidad de todos que sigan siendo pocos, como ha sido tradición en este país. Y eso se juega todos los días.

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