Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

¿Por qué la democracia?

En casi cualquier lado que se considere, las campañas electorales tienden a caldear los ánimos. La pelea por cada voto, la importancia de lo que está en juego y, frecuentemente, la simple lucha de egos lleva a que se produzcan roces y chisporroteos.

En casi cualquier lado que se considere, las campañas electorales tienden a caldear los ánimos. La pelea por cada voto, la importancia de lo que está en juego y, frecuentemente, la simple lucha de egos lleva a que se produzcan roces y chisporroteos.

Pero, al menos en las democracias maduras, ese clima de confrontación se mantiene dentro de ciertos límites. Todos compiten contra todos y de vez en cuando hay algún golpe duro, pero hay cosas que no se dicen y no se hacen. De hecho, la capacidad de mantenerse dentro de ciertos límites razonables es un buen indicador del grado de madurez de una democracia. Dicho de otro modo: la calidad de los enfrentamientos públicos dice mucho sobre la calidad de la convivencia bajo instituciones comunes.

Cuando los uruguayos nos comparamos con las sociedades con peor calidad democrática, tenemos derecho a sentirnos conformes con nosotros mismos. Alcanza con mirar al otro lado del río para descubrir estilos y prácticas que aquí nadie aceptaría. Pero, cuando tomamos puntos de referencia un poco más exigentes, es inevitable encontrarnos con varias luces amarillas.

Desde hace mucho tiempo (y felizmente) la violencia física está casi ausente de nuestras campañas electorales. Esto nos separa de muchos países. Pero existe en cambio una violencia verbal que debería preocuparnos. No se trata de la violencia del insulto, que sigue siendo entre nosotros una actitud de barrabrava, sino de la violencia que proviene de la descalificación sistemática, de la sospecha permanente acerca de las intenciones del otro, de la tergiversación automática de lo que dice el adversario, porque se parte del supuesto de que sólo puede estar diciendo cosas falsas o malintencionadas.

Detrás de este tipo de violencia discursiva hay una actitud ferozmente maniquea: el mundo se divide entre nosotros, los muy pero muy buenos, y ellos, los malos pero muy malos. Nosotros tenemos el monopolio de las buenas intenciones, de la inteligencia, de la verdad, de la justicia, de la solidaridad. Ellos, por el contrario, son perversos, sembradores de estupidez, mentirosos, explotadores y egoístas.

Que esta lógica se difunda es preocupante por varias razones. La más obvia es que encierra un infantilismo atroz. Una menos obvia pero más importante es que quien actúa de este modo está jugando con fuego: si los dirigentes políticos impulsan esa visión, tarde o temprano aparecerá un loquito dispuesto a hacer justicia por mano propia.

Pero lo más grave es que esta visión destruye las bases mismas de la democracia: si la sociedad se divide entre una parte sana y bienintencionada y otra corrupta y perversa, ¿por qué intentar convivir bajo instituciones comunes? ¿No sería mejor lanzar una guerra de exterminio hacia esos “otros” que resumen lo peor de la condición humana? ¿No terminaríamos así con todos los problemas?

Una convivencia democrática estable supone aceptar que la discrepancia y la competencia son posibles (más aun, inevitables) entre gente razonablemente bien intencionada y preocupada por la suerte de su comunidad. Si esta condición no se cumple, entonces no es posible una vida en común. Y si se cumple, no tiene sentido organizar el debate como si eso no ocurriera. Algo que debería tener en cuenta todo aquel que participa en el debate público es que seguramente habrá muchos que van a tomarse en serio lo que diga.

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