Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Cuatro días

Los cuatro días que pasaron entre el 24 y el 28 de noviembre pudieron haber sido dramáticos. El 24 se habían celebrado unas elecciones cruciales, en las que estaba en juego un posible cambio de partido de gobierno tras quince años de mayorías parlamentarias propias.

Los resultados primarios fueron más ajustados de lo que habían anticipado las encuestas. Por primera vez desde el retorno a la democracia, y pese a que había una diferencia indescontable, el candidato derrotado se negó a reconocer el triunfo de su adversario. Por primera vez en casi medio siglo, los uruguayos se fueron a dormir sin saber con certeza quién sería su próximo presidente.

La última vez que había pasado algo parecido en América Latina había sido en Bolivia, quince días antes. El desenlace había sido una atroz crisis política, que incluyó manifestaciones con muertos y la precipitada salida del país de un presidente en ejercicio. Pero en Uruguay no pasó nada. Los cuatro días que necesitó la Corte Electoral para despejar toda duda transcurrieron en perfecta calma. Los uruguayos seguimos trabajando, estudiando, produciendo, disfrutando del clima veraniego que se instalaba. Cuando finalmente se confirmó un triunfador, y pese a que una tormenta pasajera obligó a postergar una vez más las celebraciones, hubo un festejo en paz y tolerancia.

Fue interesante escuchar en esos días a muchos extranjeros presentes en el país: periodistas, diplomáticos, funcionarios internacionales. Muchos de ellos estaban atónitos. Simplemente no podían creer que estuvieran asistiendo a semejante despliegue de civilidad y cultura democrática. Tampoco podían creer que los uruguayos lo tomáramos con tanta naturalidad, sin ser conscientes de nuestra propia excepcionalidad.

Que algo así haya ocurrido es, ante todo, el resultado de las decisiones de mucha gente. El primero de todos, el presidente electo. Hubiera bastado que Luis Lacalle Pou lanzara una sombra de sospecha o de duda en su discurso del domingo de noche, para que el clima político se enrareciera. Pero, lejos de hacerlo, llamó a la calma. También hay un mérito enorme de parte de decenas de miles de simpatizantes y militantes del Frente Amplio, que se fueron persuadiendo de que su fuerza política había perdido las elecciones y lo asumieron con calma y sentido democrático. Ellos aportaron la cuota de sensatez que había faltado en su candidato.

Estos días de calma y responsabilidad mostraron que la cultura democrática de los uruguayos sigue firme y clara. En esta tierra seguimos creyendo que el destino nacional se decide votando y que los votos se cuentan lealmente. Se trata de una admirable construcción colectiva.

También es una admirable construcción colectiva la institucionalidad que acompaña a esa cultura. La Corte Electoral cumplió su tarea con transparencia y solidez, sin que nadie la presionara. Eso es mérito de quienes hoy la conducen, y también es herencia de muchas generaciones de uruguayos que contribuyeron a construir el sistema de garantías que hoy tenemos, a lo largo de un proceso que incluye la Constituyente de 1916 y la aprobación de la legislación electoral de 1925.

Durante esos cuatro días los uruguayos mostramos que queremos seguir siendo lo que somos desde hace mucho: un país democrático, tolerante, respetuoso de los derechos de todos y sostenido en la legitimidad de sus instituciones.

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