Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Crisis docente

Un artículo publicado la semana pasada por este diario confirma algo que se sabe desde hace años, aunque haya sido insistentemente negado por las autoridades educativas: en este país estamos viviendo una profunda crisis de la formación docente.

La nota divulgaba datos contenidos en un informe ordenado por el Consejo de Formación en Educación, es decir, el consejo de ANEP que tiene a su cargo la formación de maestros y docentes de la educación primaria y media (lo que en la jerga de los especialistas suele llamarse “educación básica”).

Los datos revelados son terribles: solamente uno de cada diez inscriptos en el IPA llega a titularse. Las cifras son algo mejores en los CERP (donde se titulan tres de cada diez) y en magisterio (casi cuatro de cada diez), pero aun en esos casos la tasa de egreso es muy baja. A esto se suman otros fenómenos también conocidos desde hace años, como la tendencia al ingreso tardío en la formación docente (muchos estudiantes intentaron antes una carrera universitaria) y una duración real de los estudios mucho más larga que la prevista en los planes de estudio.

Las cifras no sólo están muy por debajo de las metas fijadas por el propio Consejo de Formación en Educación para el año 2020, sino que son peores a las que existían en el pasado. Durante los gobiernos del Frente Amplio, la cantidad de maestros titulados por año ha tenido una caída en números absolutos que no tiene precedentes en nuestra historia educativa.

La principal causa de este deterioro es un conjunto de iniciativas de reforma que se tomaron en estos años. Mal concebidas y peor aplicadas, esas reformas tuvieron efectos contraproducentes. Quiere decir que no estamos ante una crisis heredada, ni generada por el contexto, sino ante una crisis fabricada por quienes tenían la responsabilidad de fortalecer la formación docente en el país. Desde luego, nadie se hace cargo de las decisiones tomadas, ni nadie ha expresado el más mínimo sentimiento de responsabilidad al respecto.

Recuperar la formación docente es uno de los desafíos más graves y urgentes que tendrá el próximo gobierno. Para eso habrá que tener mejores ideas que las que se impulsaron en estos años, lograr una mayor capacidad de ejecución y desplegar una firme voluntad política.

Problemas complejos exigen soluciones complejas. Por eso no alcanzará con una o dos medidas específicas, sino con una batería de acciones. Algunas de ellas deberán orientarse a mejorar la formación que se imparte en los institutos dependientes del Consejo de Formación en Educación. Esa es una tarea imprescindible pero insuficiente, porque sus efectos sólo se percibirán a mediano plazo: entre que se diseña una reforma de la formación docente, se aprueba y se aplica a los cuatro años de formación de las nuevas generaciones de maestros y profesores, pasará un mínimo de seis años. Ese es el tiempo que un chico demora (o debería demorar) en cursar Primaria.

Hace falta entonces movilizar otros recursos presentes en la sociedad (por ejemplo, las capacidades de formación docente que existen en la educación terciaria privada) y hará falta desplegar otras líneas de acción que apunten a la formación en servicio y a la capacitación pedagógica de quienes ejerzan la docencia sin haber recibido una formación específica.

Hay mucho por hacer, pero lo primero es reconocer la magnitud del problema.

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