Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Colombia y nosotros

El triunfo del “No” en el referéndum que debía validar los acuerdos de paz en Colombia tomó por sorpresa al mundo. Las explicaciones de lo ocurrido son seguramente complejas y han de ser aportadas por quienes mejor conocen el tema.

El triunfo del “No” en el referéndum que debía validar los acuerdos de paz en Colombia tomó por sorpresa al mundo. Las explicaciones de lo ocurrido son seguramente complejas y han de ser aportadas por quienes mejor conocen el tema.

Pero hay un aspecto que va más allá de las particularidades del caso y que, por lo tanto, también nos involucra: una vez más se confirma que la supuesta superioridad de la democracia plebiscitaria (o “directa”) es un espejismo peligroso.

Una de las razones por las que el resultado del referéndum ha causado tanta consternación es que, junto con haber dejado sin efecto los puntos más polémicos del plan de paz (muy especialmente, la amnistía total a quienes cometieron graves crímenes en nombre de las FARC) también dejó sin efecto algunos puntos que eran ampliamente aceptados, como las reparaciones a las víctimas.

Pero esto no es un problema específico del caso colombiano sino un rasgo general de las consultas plebiscitarias: asuntos graves y complejos quedan reducidos a una opción dicotómica, lo que impide la construcción de soluciones más elaboradas. A los uruguayos nos pasó en 1989, cuando nos vimos obligados a elegir entre incluir en la Constitución un mecanismo de indexación de las jubilaciones (lo que es un disparate en términos de técnica constitucional) o dar una señal de indiferencia política ante la situación de miles de jubilados que vivían en condiciones penosas. Cualquiera de las dos opciones era mala.

Complementariamente, la democracia plebiscitaria funciona con una lógica del tipo: “el ganador se lleva todo”. El que gana logra plenamente su objetivo y el que pierde se queda sin nada. No importa que un exiguo 50,2 por ciento de los colombianos haya votado a favor del “No” y un robusto 49,8 por ciento haya votado a favor del “Sí”. El efecto es el mismo que si el resultado hubiera sido 90 a 10. Nada de lo que quería el 49,8 por ciento ha quedado en pie.

La democracia representativa tradicional está mejor equipada para evitar estos extremos.

Puede que el proceso parlamentario sea lento y engorroso, pero (especialmente si hay dos cámaras) da muchas oportunidades para mejorar las propuestas y buscar alternativas que escapen a dicotomías empobrecedoras. Y la democracia representativa también trata mejor a quienes son derrotados. En una democracia representativa no da lo mismo perder con el 49 que con el 10 por ciento, porque cuantos más votos haya recibido un partido mayor será su influencia en el proceso parlamentario, aún cuando haya perdido las elecciones. Eso no sólo ayuda a evitar concentraciones de poder, sino que da motivos para que todos reconozcan la legitimidad de las decisiones.

Es verdad que los mecanismos tradicionales de representación política están sometidos a tensiones crecientes, como resultado de una inmensa ola de cambios sociales, tecnológicos y culturales. Las sociedades democráticas actuales no sólo no se parecen en nada a las que crearon los primeros parlamentos, sino que se parecen poco a las sociedades democráticas anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Pero hasta ahora nadie ha conseguido proponer un modelo alternativo que genere más legitimidad ni ofrezca más garantías a las minorías. No por casualidad, en el mundo de hoy y desde hace varios siglos, todas las democracias estables y maduras que conocemos son democracias representativas.

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