Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

La clave, el Parlamento

Las elecciones del domingo arrojaron los resultados que casi todos esperaban: a partir de marzo de 2020, ningún partido estará en condiciones de gobernar a solas. Será imprescindible hacerlo en coalición con otros partidos.

Cualquier observador atento podía anticipar esta situación desde hace tiempo, pero parecería que el Frente Amplio no fue capaz de verlo. Encerrado en la soberbia generada por 15 años de mayorías parlamentarias propias, permanentemente se dedicó a descalificar a los demás partidos, a presentarse como la única opción válida y a mirar para el costado para ignorar sus propios fracasos (justamente esos fracasos que hicieron que casi 200.000 uruguayos dejaran de votarlos en apenas cinco años).

Ahora, de pronto se descubren en un lugar extremadamente incómodo: están muy lejos de la mayoría parlamentaria propia y no tienen socios políticos. Eso explica la situación que estamos viviendo: el partido que sacó más votos aparece como derrotado y el que llegó segundo aparece como victorioso. La diferencia es que, desde hace años, el primero se dedicó a construir muros y fosos, mientras el segundo se dedicaba a construir puentes.

Las principales figuras del Frente Amplio están haciendo extraños malabarismos para explicar cómo podrían gobernar en este escenario de debilidad y aislamiento. Pero las cosas que se han escuchado hasta ahora oscilan entre lo inadecuado y lo preocupante.

Una de esas ideas consiste en decir que el Frente Amplio saldrá a buscar el apoyo de los votantes de diferentes partidos de oposición, sin importar lo que digan sus dirigentes. Es una estrategia con bajas probabilidades de éxito, pero el verdadero error está en otra parte: los que pueden o no aprobar las leyes que el próximo gobierno necesitará para gobernar no son quienes votarán el próximo 24 de noviembre, sino los legisladores que fueron electos el 27 de octubre. Y esos legisladores normalmente responden a las dirigencias de su partido. De modo que esta estrategia podría, eventualmente, permitirle al Frente Amplio acceder a la titularidad del Poder Ejecutivo, pero no le permitiría gobernar.

La otra idea que se ha escuchado es mucho más preocupante: algunas voces dentro del Frente Amplio dicen que, aunque no tengan mayoría parlamentaria, contarán con el apoyo de las fuerzas sociales organizadas. Esta afirmación puede ser parcialmente cierta (no hay que olvidar que la mayoría absoluta de los integrantes del Secretariado Ejecutivo del Pit-Cnt estaban en listas del Frente Amplio), pero encierra una idea políticamente nefasta: en una democracia representativa, los que fijan el rumbo son los representantes de los ciudadanos votando en el Parlamento. La idea de que el rumbo sea fijado por las fuerzas sociales movilizadas, metiendo presión en la calle, no es una idea democrática. Es una idea fascista.

Durante las próximas semanas habrá mucho ruido y se escucharán muchas cosas, incluyendo acusaciones infundadas, denuncias de misterios que no existen y agitación de cucos diversos. En medio de todo eso, no hay que perder de vista la pregunta crucial que deberá dirimirse: ¿cómo hará cada uno de los dos partidos que pasaron a la segunda vuelta para obtener las mayorías parlamentarias que le permitirán gobernar democráticamente? Porque, en una democracia como felizmente es la nuestra, lo esencial ocurre en el Parlamento.

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