Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Cazadores de frases 

La campaña electoral en curso está confirmando la consolidación de una práctica nefasta.

Tanto en el mundo real como muy especialmente en las redes sociales, muchos parecen creer que hacer política consiste en esperar agazapados a que el contrincante diga una frase infeliz, para montar sobre esas palabras un operativo de encarnizamiento que debilite su imagen.

Hay todavía una versión peor de lo mismo: si pasa el tiempo y el rival no dice ninguna frase infeliz, entonces se la fabrica. Para eso se recorta o deforma lo que realmente dijo, se construyen verdaderas caricaturas semánticas y se las interpreta a contrapelo de todo lo que sugiere el contexto en el que se habló.

En muchos casos, quienes alientan estos operativos son dirigentes políticos conocidos. En otros, la tarea queda a cargo de expertos en el manejo de redes sociales (sean profesionales o simples militantes que han entendido las reglas de ese juego). Hoy existen verdaderas patrullas que recorren las redes y saben cómo generar tendencias. Todo eso es suficientemente grave, pero más grave todavía es que nuestra cultura pública se esté acostumbrando a considerar esas prácticas co-mo un componente normal del debate ciudadano.

La verdad es lo contrario. No estamos ante una forma respetable de intercambio de ideas, sino ante una versión degradada y dañina. Primero, porque nadie está a salvo de decir una frase infeliz. Segundo, porque una única frase, sea infeliz o no, no nos define. Nuestra identidad, tanto pública como privada, se construye a lo largo del tiempo mediante una acumulación de decisiones y tomas de posición fundamentadas. Tercero, porque este ejercicio patotero distrae la atención de los temas que realmente importan. Mientras se cruzan ataques y defensas a propósito de una frase suelta, el déficit fiscal no deja de crecer y ya está cerca de igualar al total del presupuesto educativo del Estado. Prestar más atención a lo primero es una rara forma de priorizar nuestras preocupaciones como sociedad.

Si los operativos de destrucción y desgaste de imagen se han vuelto tan frecuentes, es porque pueden dar resultado a corto plazo. Pero quienes los organizan deberían preguntarse acerca de sus efectos sobre nuestra cultura política. Reducir el debate político a un cruce de operativos de destrucción y desgaste de imagen es condenarnos a perder lucidez y decencia como sociedad. También implica transmitir un pésimo mensaje a las nuevas generaciones acerca de cómo se discuten los asuntos públicos y cómo se convive con aquellos que piensan distinto.

Curiosamente, este es un tema sobre el que apenas se reflexiona. Muchos operativos de destrucción y desgaste de imagen tienen éxito en llegar a los titulares de la prensa, pero raramente son analizados como fenómeno cívico.

Numerosos comentaristas y analistas dedican tiempo y espacio en los medios a discutir los temas más variados, incluyendo especulaciones sobre escenarios muy improbables. Pero prestan muy poca atención a la calidad de nuestro debate público y a las responsabilidades que eventualmente correspondan en relación a algunas tendencias preocupantes. Eso termina por convertirse en un mensaje implícito que dice que las cosas están bien así como están funcionando.

La calidad de nuestra democracia se juega todos los días. Y uno de los factores que más influye es la manera en que discutimos.

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