Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Cambio educativo

Dos ideas relativas a la educación se han instalado sólidamente entre nosotros. La primera es que es imperioso cambiar.

Después de largos años de estancamiento, la educación uruguaya, que siempre estuvo a la vanguardia del continente, corre el riesgo de convertirse en el furgón de cola. La segunda idea es que un cambio educativo real tiene que llegar sostenido por una coalición que incluya a diferentes sectores políticos y a organizaciones de la sociedad civil.

Estas ideas no tienen un apoyo unánime, porque las unanimidades no existen en una democracia. Pero todo indica que quienes las sostienen constituyen una amplia mayoría en el país. De allí su enorme relevancia, especialmente en un contexto electoral como el que vivimos.

Hay, sin embargo, una cuestión ligada a lo anterior sobre la que hay menos claridad y tal vez menos coincidencias: ¿quiénes exactamente deben considerarse parte de esa coalición para el cambio? ¿Por dónde pasa la línea que separa a los defensores de la transformación educativa de los defensores del inmovilismo?

Esta pregunta no tiene una respuesta sencilla porque, por lo pronto, esa línea no coincide con las fronteras que separan a los distintos partidos políticos. Especialmente dentro del oficialismo, es posible encontrar partidarios del cambio y partidarios del statu quo. Y es posible que lo mismo ocurra en algún otro ámbito. De modo que la cuestión exige una mirada más cuidadosa, que nos ponga a salvo de dos posibles errores.

El primer error consiste en tener un visión demasiado estrecha, que sólo reconozca como partidarios del cambio educativo a aquellos que piensen exactamente como nosotros. Si actuamos de esta manera, debilitaremos la causa del cambio y perderemos la oportunidad de enriquecernos con visiones complementarias de las nuestras.

El segundo error, simétrico del anterior, consiste en tener una visión demasiado laxa y suponer que cualquiera que diga que está dispuesto a cambiar sea realmente un partidario del cambio. La experiencia de estos años muestra que una visión semejante sería terriblemente ingenua: en este país todos declaran estar a favor del cambio y de la mejora educativa, aunque algunos luego actúen en sentido contrario. Incluir a demasiados actores en la “coalición para el cambio” entraña el riesgo de que quienes no quieren cambiar la bloqueen desde adentro.

El panorama parece confuso, pero hay un criterio que permite ir despejando las dudas: prestar atención a quienes reconocen y quienes no reconocen las dificultades. Si alguien admite que tenemos serios problemas con la calidad de los aprendizajes, que la formación docente está en crisis y que hemos construido uno de los sistemas educativos más expulsivos del continente, entonces estamos ante alguien que, al menos potencialmente, puede formar parte de la “coalición para el cambio”. Si alguien sostiene que no hay motivos para alarmarse, que seguimos estando entre los mejores del continente y que estamos en camino de resolver las dificultades que todavía nos afectan, entonces estamos ante un defensor del inmovilismo.

Puede que el criterio parezca demasiado simple, pero frecuentemente lo son las cosas importantes. Detrás de tanto palabrerío y de tanta manipulación de datos, al final del día todo se reduce a la diferencia entre quienes estamos preocupados y quienes creen tener éxitos para celebrar.

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